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Entrégale a Dios tu amor, y él te dará lo que más deseas. Pon tu vida en sus manos; confía plenamente en él, y él actuará en tu favor. Salmo 37:4 BLS

martes 21 de febrero de 2012

Un tal Jesús: Jesús, garante de la vida

Un tal Jesús



Jesús, garante de la vida

Vida en la vida

Físicamente comenzamos a morir desde que nacemos. Cada día que vivimos nos acerca a la tumba. No hay forma de detener el ultraje irreparable de los años sobre nuestra humanidad.
Conozco, sin embargo, ancianos de alma lozana y alegre como la de un niño. Alguien ha dicho que somos tan viejos como queramos serlo. Y que un cuerpo gastado puede encerrar un espíritu juvenil. Hemos oído de Nicodemo, aquel judío notable, instruido, respetado y, además, anciano. Fue precisamente a él a quien Jesús dijo que era posible volver a nacer, pese a los años. "¿Cómo puede ser esto?" fue la pregunta natural que brotó de los labios del estudioso Nicodemo. No sabía aquel hombre que hay fuerzas inmunes al desgaste del cuerpo, ni que el campo de acción de esas fuerzas es la región donde el tiempo se mella porque ella pertenece a la eternidad.
Renovarse o morir, proclaman muchos. Pero sólo Jesús dio sentido y proyección auténtica y completa a esta proclama. El hombre no nació para morir. He ahí la quintaesencia del mensaje de Jesús. "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Es necesario, pues, realizar la Pascua, el tránsito de la muerte a la vida. Muerte es todo lo que se opone a Dios y a su ley. Lo que nos impide tener un corazón limpio y un alma fresca. Muerte es, sobre todo, el pecado.
Hay en cada ser humano la materia prima suficiente de la cual Jesucristo puede hacer una nueva criatura. El mayor descubrimiento de los últimos tiempos no es la electricidad, ni la bomba de neutrones, ni las fuerzas del cosmos, sino el poder renovador de la fe en Jesucristo que nos permite nacer de nuevo. Pablo describe esa fuerza con estas palabras, según reza la versión tradicional: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." Otras versiones le dan una proyección aún mayor. Y la Nueva Versión Internacional dice: "Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17). Se trata de una renovación total. "Será una persona nueva", dice la versión popular Dios habla hoy. Vivir así, en Dios, renacidos, renovados, significa muchas cosas:
Significa amar, aprender a amar. "La vejez no existe... Sólo existe vejez donde no hay amor", escribe Julián Green a Jacques Maritain. "Dios es amor", dice San Juan. Se trata de una entrega y sacrificio alegres. Dios da en lugar de reclamar o quitar. Dios nos enseña a amar con un amor que no rebaja ni envilece, sino que eleva y enriquece; amor generoso que no busca lo suyo; que no tiene envidia, no es presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta ... (1 Corintios 13:1-7).
Significa creer, creer en Dios, en Jesucristo, en su Espíritu renovador, en la eternidad donde Dios habita y nos llama. Esa fe orienta al niño y al joven en su carrera, le enseña caminos de virtud, sostiene al hombre maduro en sus luchas y le enseña a soportar gozosamente pruebas y dolores. Como dice Romano Guardini: "El hombre que envejece cobra mayor conciencia de lo eterno... Se agita menos, y así puede oír mejor las voces del más allá."
Significa confiar. La persona que acepta y sigue a Dios en amor y fe, confía en él y no se preocupa ni ante los hechos de la muerte, la enfermedad o problema alguno que le amenace porque "sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman" (Romanos 8:28).
Significa vivir plenamente. "Cuando el 28 de octubre de 1958 los cardenales me designaron como Papa, a los 77 años de edad, se extendió la convicción de que yo sería un Papa de transición. En lugar de esto, heme aquí en víspera de mi cuarto año de pontificado y con la perspectiva de un sólido programa que desplegar de cara al mundo entero que observa y espera. En cuanto a mí, yo me encuentro como San Martín, quien no tenía miedo de morir ni se negó a vivir." En estas palabras del Papa Juan XXIII hallamos la realidad de una vejez tranquila, fructífera, centrada en Dios. Se trata de la misma actitud de San Pablo al decir: "Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Ahora bien, si seguir viviendo en este mundo representa para mí un trabajo fructífero, ¿qué escogeré? ¡No lo sé!" (Filipenses 1:21-22).
El mensaje de la Navidad tiene que ver con todo esto. Nos habla no sólo de una vida que comienza, sino de muchas vidas que se renuevan. Por eso la Navidad no es solamente la fiesta de los niños. Es la fiesta de todos. Niños, jóvenes, adultos y ancianos recibimos en ella el mensaje de la vida que se renueva. El nacimiento de Jesús es el principio del proceso de nuestro renacimiento. No podemos quedarnos en Belén, porque le siguen el Getsemaní y el Calvario, la cruz y la resurrección. Cristo nació para morir y resucitar. Nacimiento, muerte y resurrección constituyen la obra completa. Ahora él vive eternamente y tiene poder para darnos vida permanente. Este es el mensaje central de la Navidad.


Vida en la muerte

"¿Dónde está ahora papá?" Escuché esta pregunta que un niño hizo a su madre frente a la tumba de su progenitor. Con cuatro palabras el pequeño quería descifrar el misterio de la muerte, del más allá. Una inscripción grabada en la losa que cubría la sepultura anticipaba la respuesta que la madre no atinaba a dar: "Espero la resurrección de los muertos."
Ante otra tumba, veinte siglos atrás, Marta y María de Betania dijeron a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto" (Juan 11:21). Acto seguido ellas recibieron la respuesta de Jesús en estas palabras: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera" (Juan 11:25). Este Jesús, que hace afirmaciones tan importantes, es el mismo cuyo nacimiento fue anunciado por ángeles a unos pastores en Belén de Judá.
Al hablar del nacimiento de Jesús, Juan afirmó que "en él estaba la vida" (Juan 1:4). Y un poco antes dijo: "En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1). Le encanta a Juan recoger toda sentencia que hable de Cristo como vida, fuente de vida, dador de la vida: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6); "Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Juan 5:24).
Queda así descifrado el misterio de la muerte por alguien que siendo Dios, comenzó a existir como hombre y nos dio el poder divino de la fe que vence a la tumba. Creer en él, aceptar que él, con el poder del Padre y del Espíritu, nos hace renacer, es el principio de una vida sin fin para nosotros los creyentes. La muerte será así sólo una circunstancia transitoria, un puente que nos lleva al encuentro de la realidad definitiva, de la vida eterna en Dios y con Dios. Las reflexiones anteriores nos acercan a dar la respuesta a la pregunta que ha inquietado siempre a hombres y mujeres de todos los tiempos, pueblos y culturas: ¿Y después de la muerte, qué? Ya hemos visto que Jesús tiene mucho que decir al respecto.

Muerte, juicio, infierno y gloria

Muerte, juicio, infierno y gloria constituyen lo que los teólogos llaman "las postrimerías del hombre" o últimas y definitivas experiencias que determinarán nuestra suerte de una vez y para siempre. Asomarse a la muerte es hoy empresa fácil: la prensa, la radio, la televisión y el cine nos prestan diariamente este servicio. Todos tendremos que morir.
En cuanto al juicio, la Biblia confirma lo que a diario nos hace sentir nuestra conciencia: "... que está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio" (Hebreos 9:27), y que "cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí a Dios" (Romanos 14:12). ¿Y el infierno? Como alguien decía, si no existiera habría que crearlo. Aunque es demasiado evidente en la Biblia para negarlo. ¿No se da acaso con frecuencia, como un anticipo de sus tormentos en este mundo?
La gloria es otra cosa y está reservada a los que por la fe han aprendido a crear un nuevo sentido, el "sentido de lo sobrenatural", de lo eterno; el sentido de la vida verdadera.
Es sólo cuando conseguimos este privilegio de la fe gratuitamente ofrecido por Dios a través de Jesucristo, que aprendemos a percibir y a comprender las postrimerías en sus justas dimensiones. Para los sin fe y sin Dios estas realidades son una amenaza que produce angustia, preocupación e incertidumbre; o simples "mitos" a los que no hay que prestarles atención. Para los creyentes, son una oportunidad que nos abre las puertas a la VIDA ETERNA.
No tenemos que esperar, sin embargo, al más allá para empezar a disfrutar de esta experiencia de "vida". El cristiano vive en este mundo como "resucitado"; como una "nueva criatura" que ha asegurado por los méritos infinitos de Jesucristo, el cielo, la "gloria". "Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17).
De todo esto nos habla la Pascua, que no es otra cosa que el anuncio de la resurrección: la de Cristo y la nuestra; el tránsito glorioso de la experiencia de la muerte a la experiencia de la vida. Es éste el contenido fundamental del llamado kerigma o predicación apostólica resumido por Pedro en su primer sermón después de Pentecostés: a este Jesús que "ustedes mataron... Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte" (Hechos 2:24). Desde entonces todo es nuestro: "el universo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir" (1 Corintios 3:23).
Pero no basta hablar de vida nueva y resurrección si en nada se notan sus efectos en nosotros. Esta ha sido una ya larga objeción de los incrédulos para no creer en lo que los cristianos creemos: "No creeré en el redentor de estos cristianos hasta que ellos mismos me muestren que están redimidos", afirmaba sarcásticamente el filósofo Nietzsche. Y es que, aunque marcado con las huellas de la cruz, el cristiano ha de mostrar los signos de la resurrección.
"Lo único que voy a hacer es empezar a contar lo que repetiré eternamente: las misericordias del Señor." Así escribió una pequeña santa llamada Teresita de Jesús en la primera página de su autobiografía. ¿Somos nosotros capaces de detectar en nuestra vida las misericordias del Señor y dar a otros signos de que estamos viviendo como "resucitados" a una nueva vida?
Signos que afirman la vida en un mundo de muerte. Signos que testimonian los valores trascendentales y eternos, en un mundo de trivialidades temporales, de intereses materiales y de proyecciones netamente humanas, cuando no egoístas y pecaminosas.
La oración y la Palabra de Dios son nuestras mejores aliadas para vivir como hijos e hijas de Dios y dar signos y testimonios de vida: signos de esperanza en medio de la desesperanza; de serenidad y seguridad en medio del desconcierto y la perplejidad; de confianza en medio del dolor y de la prueba; de amor y comprensión en medio del odio y de la intolerancia; de perdón y aceptación del prójimo como hermano, en medio del rechazo y la discriminación.
Cuando así ocurra, podremos percibir que la vida de Dios habita en nosotros, y que el misterio de Jesucristo, muerto en la cruz, pero resucitado y triunfante, nos pertenece y se hace realidad en nuestra propia vida. "Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo" (2 Corintios 4:6). Y a su resplandor, marcharemos alegres y confiados en la vida, hacia la eternidad, porque .. . hemos hecho del Señor nuestro refugio, del Altísimo nuestro protector; y no nos sobrevendrá mal alguno, pues él manda sus ángeles para que nos cuiden dondequiera que vayamos. Nos levantará con sus manos para que no tropecemos; nos librará de la angustia; nos colmará de honores; nos hará disfrutar de una larga vida y nos hará gozar de su salvación (Salmo 91:9-16).
Un himno litúrgico funerario de la iglesia primitiva canta ante la tumba del cristiano estas palabras de oración y confianza:

Recibe, Señor, a tu hijo
a quien llamaste hoy
de este mundo a tu presencia.
Confiamos que, así como ha compartido
ya la muerte de Jesucristo,
compartirá también con él
la gloria de la resurrección.
Y a cuantos han muerto en tu amistad,
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria.
Allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos,
porque al contemplarte como tú eres,
Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti.

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.

lunes 20 de febrero de 2012

Santificación sexual

Sanidad Sexual
Plan de Dios para la Santificación



Fuente: Foster, D.K. (1998) Sanidad Sexual, El plan de Dios para la santificación de vidas quebrantadas. Mastering Life Ministries. Hermitage, TN, EE.UU. (http://www.masteringlife.org/)

Vacío

Vivimos en una era excepcional. La tecnología ha convertido al mundo en una villa, sin embargo una nube nuclear amenaza con explotar como un hongo sobre nuestras cabezas. Los eventos políticos apresuran su paso. Los profetas del día del Juicio Final, como siempre lo han hecho, predicen el fin de la era. Sin embargo, nunca una época ha proporcionado más terreno para sus amenazas. Después de todo, el mundo tiene que terminar alguna vez. ¿Por qué no pronto?

Existen señales de que la Iglesia podría estar preparándose para el fin del mundo. Nuevos poderes han emanado de ella. Nuevas amenazas de juicio. Males ocultos están saliendo a la luz. Los pecados que por tanto tiempo se guardaban en secreto se muestran desnudos ante el público. Existe también una mayor conciencia del poder de Dios para salvar, un nuevo deseo de renunciar al pecado y volverse hacia Dios.

Hace años, yo solía insistir en que habían peores pecados que los pecados sexuales. Y los hay. Sin embargo, lo que hace que los pecados sexuales sean tan malos es lo que le hacen a uno mismo. Estos pecados llevan a mentiras, mentiras que uno dice a otros. Peor aún, mentiras que uno se dice a sí mismo hasta que termina creyéndolas. Luego nace el orgullo—el peor de los pecados—el pecado que hace que Satanás sea satánico.

Los pecados sexuales más terribles son aquellos que se cometen contra los niños y la gente joven. Esos también están saliendo a la luz. Pronto será imposible ocultarlos. Cuando los poderes proféticos le sean restaurados a la iglesia, la vergüenza y el engaño ya no podrán pasar desapercibidos.

En mi rol de psiquiatra, he conocido esas cosas y su terrible alcance entre los cristianos. Traté de gritar, pero poca gente me escuchó. "¡Eres como todos los psiquiatras! ¡Tienes un trauma con el sexo!" me decían. Por el contrario, yo estaba preocupado por los explotadores y sus víctimas. Los abusadores y sus presas representan los triunfos de Satanás. Yo sabía que un Dios doliente estaba esperando limpiar Su iglesia de los saqueos de Satanás. El tiempo en que Dios hará eso ha llegado. Una nueva avalancha de literatura, tanto secular como cristiana, empieza a emanar de las prensas gritando en contra de la maldad de la explotación sexual.

Es por esto que el libro de David Foster es importante. Nos da una imagen precisa no sólo de lo que se siente ser una víctima del abuso sexual, sino del resultado del estilo de vida del abusado. Aún más importante, es un libro que canta con la alegría de un hombre que ha sido liberado. Es un libro que despierta en nosotros una conciencia de lo que está ocurriendo y de lo que Dios está esperando hacer para corregir el daño.

Oro porque este libro sea leído ampliamente mientras toma su lugar entre otros libros sobre el tema. Su contribución es única.

Dr. John White


martes 14 de febrero de 2012

Un tal Jesús: El que volvió de la tumba

Un tal Jesús



El que volvió de la tumba

Las lecciones del Jesús moribundo

Cristo responde no sólo a los interrogantes de la vida, sino a las angustiosas incógnitas de la muerte. Es uno de los pocos que fueron al más allá y regresaron. Murió en pleno goce de la vida, cuando apenas se iniciaba en su edad adulta y todas sus fuerzas bullían efervescentes, llenas de vigor. A la temprana edad de treinta y tres años mal contados, quiso tener una experiencia con la muerte... ¡y qué experiencia! El sí que puede contarnos de los dolores y las angustias de la agonía. Puede referirnos los mil pensamientos y premoniciones que se atropellan en la mente de un moribundo. Su testamento no fue escrito anticipadamente en la placidez de una estancia, al favor de la luz acogedora de una lámpara de resina o aceite, sino en el fragor de su crucifixión, en medio de los dolores desgarradores de su cuerpo que se despedazaba y consumía colgado del madero. Por eso será que sus mal llamadas siete últimas palabras, que son más de siete, tienen la intensidad, la profundidad, la emoción y la belleza de quien está suspendido entre dos mundos; y puede dialogar en confianza con el Padre que le espera desde la eternidad, y con los hombres que presencian su partida, a este lado del sepulcro, desde las lomas polvorientas del monte de la Calavera.
Por eso es provechoso y conveniente meditar en la cruz, en la agonía y muerte de Jesús. Leer y releer su testamento; los discursos registrados por Juan en los capítulos 13 al 18 de su Evangelio, con los que preparó a sus discípulos para el trance supremo de su partida. Observar su agonía de sangre en Getsemaní (Mateo 26:36-46; Marcos 14:32-42; Lucas 22:40-46), y aprender las lecciones importantes que nos presenta de valentía ante la muerte y el dolor; de fe y confianza en Dios, nuestro Padre justiciero que nos espera del otro lado de la tumba; y de persistencia en la vigilia y la oración como medio para preparar y fortalecer nuestro espíritu para la hora suprema del encuentro con la muerte. Estaremos entonces listos para responder muchas de las preguntas que nos inquietan acerca del más allá.
¿Y después de la muerte, qué?
Todos sabemos que vamos a morir; pero ¿qué pasa después de la muerte? Hace cuarenta mil años los primitivos de Neandertal colocaban en las tumbas utensilios que sirvieran a los difuntos en su viaje a la otra vida. Los modernos, hoy, con parecidas pretensiones, llevan flores a los muertos para reafirmar ese vínculo entre el aquí y el más allá.
El deseo de la supervivencia está profundamente arraigado en nuestro espíritu: todos queremos tener una posteridad, dejar descendientes, memorias, recuerdos, obras que perduren. Filosofías y religiones han ensayado dar una respuesta al interrogante de la otra vida; intentan describirla, anticiparla, afirmarla o negarla, asegurarla. Los ritos y las ceremonias funerarias son parte esencial de la cultura y de la vida de todas las civilizaciones. Los pueblos que las integran buscan conjurar la muerte o halagarla, proclamar la esperanza o la desesperanza alrededor de la misma; dar testimonio de su fe en la continuación de la vida después del sepulcro, o resignarse a aceptar que ésta es la única vida, y que con la muerte llega la nada, el vacío total; reafirmar su confianza en el que reconocen como el Dueño de la vida, que controla los dominios de la muerte, o encogerse de hombros frente a la tozuda realidad de un más allá que para ellos no significa mucho, porque es inevitable y nadie puede hacer nada para resolverlo.

¿Un fin o un comienzo?

Según como la miremos, la muerte es un fin o un comienzo. Para muchos es un sueño eterno, pérdida definitiva y total, término de la existencia histórica, telón que cae sobre el escenario de la vida, angustia irremediable, absurdo sin nombre, muro infranqueable contra el' que se estrellan el corazón y la razón. Para el cristiano la muerte no es un problema, sino un misterio iluminado por la verdad revelada de Dios. No es el fin, sino el principio de una vida mejor. Es el encuentro con el Dios vivo y eterno cuya compañía nos anticipó y aseguró la fe aquí en la tierra. Este es el mensaje fundamental de Jesús: "... el que vive, aunque estuvo muerto; pero ahora vive por los siglos de los siglos y tiene en sus manos las llaves de la muerte y del infierno" (Apocalipsis 1:18).
Jesús vivió plenamente esta vida, aunque todos sus actos y palabras apuntaban a la eternidad. Por eso habló de su muerte no como algo definitivo, sino como un paso inevitable dentro de los planes de redención de su Padre. Pero a renglón seguido, continuaba hablando de su vida y de sus planes para después de su muerte. Es dentro de esta perspectiva de superviviencia eterna que podemos entender sus afirmaciones: "Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Juan 5:24).
Quiere decir que para el creyente la eternidad comienza aquí mismo; y la muerte será sólo un incidente pasajero de tránsito hacia esa eternidad. Ahora podemos entender mejor la actitud de Jesús frente a la angustia y el dolor de Marta y María por la muerte de su hermano Lázaro, y su afirmación terminante acerca del sentido de la muerte para el creyente: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás" (Juan 11:25-26).
Hay aquí una nueva definición de la vida y de la muerte; a las cuales se agrega un concepto novedoso, el de la resurrección, que es el que da sentido real a las nuevas concepciones cristianas de la vida y la muerte. Jesús nos trae una novedad: los mortales ya no deberán moverse dentro las dos únicas realidades de vida y muerte. La nueva realidad introducida por Cristo, y que él ha puesto al alcance de todos sus seguidores y discípulos, es la de la resurrección. Y para que no quede ninguna duda, Cristo mismo, el que nació y vivió entre nosotros, se sometió a la muerte, pero luego resucitó.

¡Jesús ha resucitado!

¡Jesús ha resucitado! Esta proclamación está en el corazón del evangelio, y despeja para el cristiano todas las dudas acerca de la muerte. La resurrección de Cristo es un hecho real que los apóstoles afirman y reafirman sin cansancio (Hechos 1:22; 2:24, 32; 3:15; 4:2, 10, 33; 5:30; 10:41; 1 Corintios 15, etcétera). Los discípulos lo han visto después de la resurrección (Juan 21:14), han hablado con él, comido y bebido con él (Lucas 24:42), Tomás lo vio y lo palpó (Juan 20:24-29). Todos han escuchado su voz (Marcos 16:14-20), han sentido el calor de su presencia (Lucas 24:13-35), han recibido sus mandatos y exhortaciones (Hechos 10:41-43). San Pablo hizo de esta verdad histórica la base de su predicación:

Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales viven todavía, aunque algunos han muerto. Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles, y por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí.
1 Corintios 15:3-8

Esperanza para todos

Un hombre, pues, Cristo Jesús, ha sufrido la experiencia de la muerte, pero vive. Él ha vencido a la muerte. Esta victoria del Señor abre para nosotros las puertas de una inmensa esperanza. Como no cesa de repetir el apóstol Pablo:

Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron. De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen.
Entonces vendrá el fin, cuando él entregue el reino a Dios el Padre, luego de destruir todo dominio, autoridad y poder.
1 Corintios 15:20-24'

La victoria de Cristo sobre la muerte es nuestra propia victoria. Su muerte y su resurrección no son dos hechos distintos, sino partes de una misma realidad, un misterio de amor y salvación en el cual Dios viene a nuestro encuentro para hacernos compartir su vida. "Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros", dice San Pablo en 1 Corintios 6:14. ¡Despiértate! Este mundo agoniza. Está herido de muerte. Su enfermedad es de injusticia, desamor, pecado. Duerme, inconsciente, el sueño del mal, preludio de la muerte eterna.
Necesita despertar al toque del Cristo resucitado a una nueva vida de virtud y bien, de verdad y justicia. Sólo la fe en Cristo, vencedor del sepulcro, podrá salvar al mundo. Cristo convertirá la muerte en vida, la desgracia en felicidad, la perdición en salvación eterna. Él, Cristo, perdonará todos nuestros pecados. Por lo tanto: "Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te alumbrará Cristo" (Efesios 5:14). Despiértate tú, que duermes en el pecado que es la muerte eterna. Abre los ojos y mira al Cristo resucitado que te invita a la vida, a triunfar sobre el mal que te adormece.

¡Que viva la vida!

¡Cristo vive! Enciende en tu alma la luz de la fe en Jesucristo, el vencedor de la muerte, el que vive y reina para siempre (Apocalipsis 1:18; 11:15). Dios, tu Padre, quiere verte de pie frente a la vida, desafiante y seguro ante la muerte. Jesucristo te reclama en las filas de los que han nacido otra vez a la vida que no muere. Ante su presencia huirán las sombras del pecado; se limpiará el firmamento de tu futuro, y se abrirán a tu existencia perspectivas de eternidad. Así podrás gritar con toda seguridad: ¡Que viva la vida!

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.

lunes 13 de febrero de 2012

Qué hacer cuando mi novio(a) me deja

QUÉ HACER CUANDO MI NOVIO(A) ME DEJA
Tu media naranja
Armando Alducin


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Para escuchar:

jueves 9 de febrero de 2012

Cualidades de un líder - Tip 21

Tips
Cualidades indispensables de un líder



Visión:

Puedes conseguir solo lo que puedes ver
El valor de un gran líder para cumplir su visión viene de la pasión, no de la posición.
—John C. Maxwell
El futuro pertenece a aquellos que ven las posibilidades antes de que sean obvias.
—John Sculley
Ex ejecutivo de Pepsi y de las Computadoras Apple
No hay pintura descascarada … todos los caballos saltan
Uno de los más grandes soñadores del siglo veinte fue Walt Disney. Quienquiera que haya sido capaz de crear los primeros dibujos animados con sonido, los primeros dibujos animados a todo color y la primera película animada de largometraje es definitivamente alguien con visión. Pero las obras maestras más grandes de la visión de Disney fueron Disneylandia y Walt Disney World. La chispa para esa visión vino de un lugar inesperado.
Cuando las dos hijas de Walt eran jóvenes, él acostumbraba llevarlas a un parque de diversiones en el área de Los Ángeles los sábados por la mañana. A sus hijas les encantaba y a él también. Un parque de diversiones es un paraíso para los niños, con una atmósfera maravillosa: el olor a rositas de maíz y algodón de azúcar, los colores llamativos de los carteles de anuncios de los aparatos, y el sonido de los niños gritando cuando la montaña rusa cae cuesta abajo.
Walt se sintió especialmente cautivado por el carrusel. Al acercarse, vio una mancha de imágenes brillantes cabalgando alrededor al sonido de la música del órgano de vapor. Pero cuando estuvo más cerca y el carrusel se detuvo, pudo ver que sus ojos habían sido engañados. Observó caballos gastados con la pintura agrietada y descascarada, y notó que solo los caballos de la línea exterior se movían arriba y abajo. Los otros se mantenían sin vida fijos en el suelo.
El desengaño le dio una gran visión. Con los ojos de su mente pudo ver un parque de diversiones donde la ilusión no se evaporara, donde niños y adultos pudieran disfrutar una atmósfera de carnaval sin el aspecto deteriorado que acompaña a algunos circos o parques de entretenimiento itinerantes. Su sueño se convirtió en Disneylandia. Como Larry Taylor propone en Be an Orange [Sé una naranja], la vision de Walt podría resumirse como, «No hay pintura descascarada. Todos los caballos saltan».
Al grano
Para un líder, la visión es todo. Es absolutamente indispensable.
¿Por qué? porque es la visión la que lo que guía. Es ella la que marca la meta. Enciende y alimenta el fuego dentro de él, y lo lleva hacia adelante. También es el encendedor para otros que siguen a ese líder. Muéstrame un líder sin visión, y te mostraré alguien que no va a ningún lugar. En el mejor de los casos, viaja en círculos.
Para conocer algo de visión y como esta forma parte de la vida de un buen líder, entiende estas cosas:

1. La visión comienza adentro
Cuando doy conferencias, de vez en cuando alguien me pide que le dé una visión para su organización. Pero yo no puedo hacer eso.
La visión no se puede comprar, mendigar, ni pedir prestada. Tiene que venir de adentro. Para Disney, la visión nunca fue un problema. Debido a su creatividad y búsqueda de la excelencia, siempre vio lo que podía ver.
Si careces de visión, mira dentro de ti. Saca tus deseos y dotes naturales. Mira a tu llamado, si tienes uno. Si todavía no sientes una visión propia, piensa en la posibilidad de conectarte con un líder cuya visión esté en consonancia con la tuya. Hazte su compañero. Esto es lo que Roy, el hermano de Walt Disney, hizo. Él era un buen hombre de negocios y un líder que podía hacer cosas, pero Walt era el que le proveía la visión. Juntos hicieron un equipo increíble.
2. La visión proviene de tu historia
La visión no es una cualidad mística que viene de un vacío, como algunas personas parecen creer. Esta brota del pasado de un líder y de la historia de la gente que lo rodea. Este fue el caso para Disney, pero es cierto para todos los líderes. Habla con cualquier líder y es probable que descubras sucesos claves en su pasado que fueron instrumentales en la creación de su visión.
3. La visión enfrenta las necesidades de otros
La verdadera visión es de largo alcance. Va más allá de lo que un individuo puede lograr, y si tiene verdadero valor, hace más que solo incluir a otros; les añade valor. Si tienes una visión que no sirve a otros, probablemente sea demasiado pequeña.
4. La visión ayuda a conseguir recursos
Uno de los más valiosos beneficios de la visión es que actúa como un imán; atrae, reta y une a la gente. También reune dinero y otros recursos. Mientras más grande sea la visión, mayor el potencial de atraer a más ganadores. Mientras más desafiante sea la visión, más duro lucharán los participantes por lograrla.
Edwin Land, el fundador de la Polaroid, aconsejó, «Lo primero que debes hacer es enseñar a la persona a sentir que la visión es muy importante y casi imposible. Esto es lo que da impulso a los ganadores».
Reflexionemos
¿De dónde viene la visión? Para encontrar la visión que es indispensable para el líderazgo, tienes que convertirte en un buen oyente. Tienes que escuchar varias voces.
La voz interior
Como ya dije, la visión comienza adentro. ¿Sabes cuál es la misión de tu vida? ¿Qué agita tu corazón? ¿Con qué sueñas? Si lo que sigues en la vida no viene de un deseo interno; de las profundidades de lo que eres y de lo que crees, entonces no serás capaz de lograrlo.
La voz de la insatisfacción
¿De dónde viene la inspiración para las grandes ideas? De saber qué es lo que no funciona. Estar descontento con el estado de las cosas es un gran catalítico para la visión. ¿Te dejas llevar con complacencia por la inercia? ¿O estás ansioso por cambiar tu mundo? Ningún gran líder en la historia ha luchado para evitar el cambio.
La voz del éxito
Nadie puede lograr grandes cosas solo. Para hacer realidad una gran visión, necesitas un buen equipo. También necesitas un buen consejo de alguien que vaya delante de ti en el viaje del liderazgo. Si quieres llevar a otros a la grandeza, búscate un consejero. ¿Tienes un consejero que pueda ayudarte a aguzar tu visión?
La voz más alta
Aunque es cierto que tu visión tiene que venir de adentro, no debes dejarla confinada por tus capacidades limitadas. Una visión verdaderamente valiosa tiene que tener a Dios en ella. Solo Él conoce todas sus capacidades. Cuando has buscado tu visión, ¿has mirado más allá de ti, incluso más allá del tiempo de tu vida? Si no, puedes estar perdiendo tu verdadero potencial y lo mejor de tu vida.
Convencimiento
Para mejorar tu visión, haz lo siguiente:

     Mídete. Si has pensado previamente en tu visión para tu vida y la has enunciado claramente, mide cuán bien la estás llevando a cabo. Habla con varias personas claves, tales como tu cónyuge, un amigo de confianza y empleados claves, y pídeles que digan lo que piensan que es tu visión. Si la pueden describir, entonces es probable que la estés viviendo.
     Escríbela. Si has pensado en tu visión pero nunca la has escrito, tómate el tiempo para hacerlo hoy. Escribir clarifica tu pensamiento. Una vez que la hayas escrito, evalúa si es digna de lo mejor de tu vida. Entonces dedícate a ella con todas tus fuerzas.
     Haz un chequeo de tu ánimo. Si no has trabajado mucho en tu visión, pasa las próximas semanas o meses pensando en esto. Considera lo que realmente te impacta a nivel de tu ánimo.

¿Qué te hace llorar? _______________

¿Qué te hace soñar? _______________

¿Qué te da energía? _______________

Piensa también en lo que te gustaría ver cambiar en el mundo que te rodea. ¿Qué ves que no es, pero puede ser? Una vez que tus ideas se vayan aclarando, escríbelas y habla a un consejero sobre ellas.
Para extraer diariamente
Robert Woodruff fue, de 1923 a 1955, presidente de la Coca-Cola. Durante ese tiempo, trabajó para que cada estadounidense tuviera acceso a una botella de Coca-Cola por el precio de cinco centavos, sin importar cuánto le costara a la compañía. ¡Qué meta! Pero eso no era nada comparado con el cuadro mayor que podía ver con los ojos de la mente. En el lapso de su vida, quiso que cada persona en el mundo pudiera gustar la Coca-Cola. ¿Qué ves cuando miras hondo dentro de tu corazón y tu alma en busca de una visión?
Conclusión
Espero que hayas disfrutado la lectura de Las 21 cualidades indispensables de un líder y te hayas beneficiado al hacer los ejercicios en la sección de «Convencimiento» de cada capítulo. Estas tareas están diseñadas para ayudarte a echar una mano a cada cualidad e iniciarla en el proceso de crecimiento personal continuo en tu vida.

Fuente: Maxwell, J.C. (2000) Las 21 cualidades indispensables de un líder. Betania. EE.UU.

martes 7 de febrero de 2012

Un tal Jesús: Jesús y las mujeres

Un tal Jesús



Jesús y las mujeres

Una mujer en la vida de Jesús

Nadie como Jesús valoró a las mujeres. Con él, el sexo femenino adquirió prestancia y dignidad. Es más, fueron muchas las mujeres enlistadas de una u otra forma en su ministerio y que tuvieron influencia en su vida.
Como niño, Jesús estuvo sometido a su madre María tanto como lo estuvo a José, su padre. María fue la primer testigo de su venida al mundo y la primera en comprender su grandeza divina y los alcances de su misión redentora, aun antes de su nacimiento. Es éste el sentimiento y la convicción que campean en su canto del Magníficat: "Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador" (Lucas 1:46-55). Fue María además la promotora del crecimiento de Jesús "en sabiduría y estatura", observando cada día cómo maduraba su hijo, gozando "cada vez más del favor de Dios y de toda la gente" (Lucas 2:51-52). Fue ella la que cuidó la inocencia y frescura de su infancia; la que vigiló los cambios difíciles de su adolescencia, y acompañó, con cariño y consejo, la maduración progresiva de su juventud hasta que Jesús fue un hombre adulto, atesorando en su corazón de madre y de mujer todas estas cosas (Lucas 2:19).
A ruego de María Jesús realizó su primer milagro en Cana (Juan 2:1-2). Y "cuando llegó su hora", lo dejó irse sin poner obstáculos a su ministerio. Permaneció siempre en la penumbra, sin sobreponer su figura o influencia a la acción o palabra de Jesús. Nunca la vemos reclamarle por sus largas ausencias del hogar. Como mujer creyente, que había comprendido temprano la sublime misión de su hijo, su oración constante fue el mejor respaldo que pudo dar a su trabajo misionero. Lo acompañó además con su amor y presencia en muchos pasajes cruciales de su vida: desde su nacimiento en Belén (Lucas, cap. 2), hasta su muerte en la cruz (Juan 19:25-27).

Otras mujeres en la vida de Jesús

Parecería que las mujeres fueron hasta cierto punto más sensibles que los mismos hombres a la presencia y acción de Cristo. Elisabet, prima de María y madre del Bautista, comprendió, inclusive antes de nacer Jesucristo, el papel trascendental que Jesús venía a desempeñar en la tierra. Y cuando María, que estaba ya encinta, fue a visitarla, se hizo la primer testigo de la grandeza de la misión de Aquél que ella llamó "mi Señor" (Lucas 1:39-45). Ana, la profetisa de Jerusalén, estuvo en la presentación de Jesús en el templo a los ocho días de su nacimiento, y vislumbró la formidable empresa que venía a realizar (Lucas 2:36-38).
En Betania, no muy lejos de Jerusalén, Jesús tenía en Lázaro, Marta y María una familia de amigos íntimos. Muchas veces hizo Jesús de este hogar su lugar de reposo y solaz. Marta se desvelaba siempre por atenderlo, tenerle cama y alimentos. María, más contemplativa y mística, daba otra clase de atención al Maestro. Se sentaba con él, le conversaba y, sobre todo, lo escuchaba con atención e interés. Quien diga que estas dos mujeres no fueron importantes en la vida y el ministerio de Cristo es porque no ha experimentado lo importante y necesario que es para los siervos y ministros del Señor contar con el apoyo y estímulo moral y espiritual, físico y material de los demás; ser acogidos con amor y delicadeza por personas y hogares hospitalarios; y gozar de la atención y simpatía de familias cristianas.

Santas y pecadoras

No fue ciertamente muy selectivo Jesús en el trato con las mujeres. Su ministerio no le permitía discriminar, aunque lo acusaran de ser amigo de gente de mala fama (Mateo 11:19). En casa de Simón el fariseo, a donde fuera invitado a comer, Jesús fue el único de los invitados que apreció el gesto de la mujer de mala vida que manifestó su arrepentimiento vertiendo un frasco de perfume valioso en los pies y la cabeza del Maestro. Esta mujer dio oportunidad a Jesús de enseñar una seria y clara lección de lo que es el perdón y de revelarnos una vez más su alma sensible y receptiva a cualquier gesto de gentileza, atención o buena voluntad (Lucas 7:36-50).
A la mujer adúltera también tuvo que defenderla, aunque con más riesgo, de los detractores fariseos defensores de la ley que querían apedrearla. La actitud y las palabras de Jesús en este pasaje entronizan una nueva doctrina de la igualdad de los sexos delante de la ley. Al enrostrarles sus propios pecados a los hombres acusadores de la pecadora, Jesús parecía decirles que tan dignos de ser apedreados eran ellos como pudiera serlo la mujer. El resultado de todo fue una mujer más reivindicada como mujer y restablecida en su dignidad por el amor y la compasión del Maestro (Juan 8:1-11).

Una mujer evangelista

Lo de la samaritana (Juan, cap. 4) fue otra historia. También hubo sorpresa y escándalo de parte de sus discípulos. Aun la misma mujer se sorprendió de que aquel judío forastero le hablara a ella con tal atención y propiedad. Fue a buscar agua al pozo y encontró la salvación y una nueva vida. El método socrático, casi sicoanalítico usado por Jesús, dio resultados sorprendentes. Preguntando y preguntando, no sólo convenció a la mujer de sus erradas convicciones teológico-sociales, sino de su desarreglada vida moral y emocional: "Bien has dicho que no tienes esposo. Es cierto que has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu esposo" (Juan 4:17). Esta mujer fue restablecida por Cristo en una vida más equilibrada y sana. Tanto que, agradecida, se hizo seguidora del Maestro y trajo a todo el pueblo para que lo conocieran y lo escucharan. "Muchos de los samaritanos que vivían en aquel pueblo creyeron en Jesús por el testimonio que daba la mujer" (Juan 4:39). ¿Quién dijo que no había mujeres en las filas del ministerio cristiano? Ahí tenemos una, la samaritana.

Jesús y el alma femenina

Los pasajes citados y muchos más que encontramos en el Evangelio nos comprueban que Jesús tuvo de verdad mucho éxito en el ministerio con las mujeres. Todo porque comprendía muy bien el alma femenina. Penetró profundo en su delicada y sutil psicología. Las trató con gentileza y respeto. Las enalteció en su dignidad y valor. Reclamó para ellas los mismos derechos en su reino, que para los hombres. E inclusive las enlistó en su ministerio. Es equivocado pensar en un Cristo "misógino" que huyera de lo femenino. Por el contrario, nadie más apreciativo que el Maestro de las sanas y nobles cualidades del sexo erróneamente llamado "débil". Las mujeres contribuyeron con eficiencia a dar proyección y sentido a la misión de Cristo. Por lo menos, en los momentos supremos de su muerte y de su resurrección, las mujeres fueron mayoría y mostraron más decisión, valentía y fidelidad, acompañando a Jesús al pie de la cruz hasta su último suspiro y siendo las primeras en visitar el sepulcro, el día de la resurrección.
Para terminar, digamos que una mujer, María, fue la primera en saber en la tierra del misterio de la encarnación del Hijo de Dios, en sus propias entrañas (Lucas 1:26-38). Y otra mujer, de nombre también María, fue la primera en escuchar la voz y ver la persona del Jesús resucitado y recibir el encargo de anunciar al resto del colegio apostólico la resurrección del Señor (Juan 20:10-18).

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.

lunes 6 de febrero de 2012

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