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Entrégale a Dios tu amor, y él te dará lo que más deseas. Pon tu vida en sus manos; confía plenamente en él, y él actuará en tu favor. Salmo 37:4 BLS
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martes, 13 de marzo de 2012

Un tal Jesús

Un tal Jesús



Y ustedes, ¿quién dicen que soy?

Hace dos mil años un hombre formuló esta pregunta a un grupo de sus amigos. Lo que estos respondieron no tiene tanto interés como lo que nosotros responderíamos hoy. Porque la pregunta sigue vigente, y la historia y el mundo y muchos de los que hacen la historia o habitan este mundo no han terminado de responderla. Sin embargo, dar una correcta respuesta a la misma es asunto de vida o muerte.
El personaje que formuló la pregunta era un simple artesano que hablaba con un grupo de aldeanos y pescadores. A los ojos de la mayoría de sus contemporáneos, nada hacía sospechar que se tratara de alguien importante. Vestía sencillamente. Quienes lo rodeaban era gente de más bien baja cultura. No poseía títulos ni influencias. Él y sus amigos hablaban arameo, una lengua minoritaria sin mayor incidencia en la cultura. Jamás habían salido de su pequeño y olvidado país que no tenía autonomía administrativa, pues estaba dominado por el imperio romano. No contaban con armas ni poder alguno. Eran en su mayoría jóvenes; el que hacía la pregunta apenas pasaba los treinta años y en un par de años más, moriría por la más violenta de las muertes.
El grupo comenzó a hacerse visible y a ser odiado y despreciado por los poderosos dirigentes de su pueblo. Aunque muchos se sorprendían de sus hechos, no acababan de comprender lo que aquel hombre predicaba. Los más radicales y violentos que buscaban un líder arriesgado y aguerrido, lo veían débil y manso. Los guardianes del orden lo hallaban violento y aventurero. Los doctos y cultos lo despreciaban. Los dirigentes pensaban que estaba loco. Había dedicado toda su vida al Dios de su pueblo, pero los representantes de la religión que profesaba lo consideraban blasfemo y enemigo de sus instituciones.
Las multitudes lo seguían por los caminos, lo acosaban en sus reuniones públicas o privadas, pero la mayor parte de ellos estaban interesados más en sus milagros y hechos portentosos, sobre todo cuando podían beneficiarse de los mismos, como cuando repartió panes y pescado a todo el que quiso comer: más de cinco mil en total, sin contar las mujeres y los niños. En efecto, todos lo abandonaron cuando las autoridades político-religiosas lo prendieron y lo condenaron a muerte. Sólo su madre y tres o cuatro amigos, en su mayoría mujeres, le acompañaron en su agonía.
La tarde de aquel viernes cuando la losa de su sepulcro, prestado por uno de sus amigos, se cerró sobre su cuerpo, nadie hubiera apostado ni un centavo por su memoria; nadie ni siquiera se hubiera imaginado que su recuerdo podría perdurar en algún sitio, fuera del corazón de su madre adolorida, y entre el grupo minúsculo de sus amigos.
Sin embargo, hoy, veinte siglos después, la historia sigue girando en torno a la memoria de aquel hombre. Los cronistas e historiadores continúan calculando los acontecimientos colocándolo como punto de referencia, anotando que tal o cual hecho ocurrió tantos o cuantos años antes o después de él. Media humanidad ha tomado como identificación su nombre cuando se le pregunta por sus convicciones religiosas. Y después de casi dos mil años se siguen publicando millares de libros, folletos y artículos acerca de su vida y doctrina; más que sobre cualquier otro personaje. Su historia y enseñanzas han servido como motivo y tema de inspiración para más de la mitad del arte que el mundo de la cultura ha producido, desde su arribo a la tierra. Y cada día miles de personas lo dejan todo para seguirle, imitando a sus primeros amigos.

¿Quién es este hombre?

¿Quién es este hombre por quien tantos han muerto, a quien tantos han amado hasta la locura y en cuyo nombre se han cometido también por desgracia tantas violencias y persecuciones? En los últimos dos mil años su nombre ha estado en la boca de los agonizantes como una esperanza y en la de los mártires como un título de gloria. ¡Cuántos han sido encarcelados, han sufrido tormentos o han muerto sólo por proclamarse seguidores suyos!
Muchos también han abusado de su nombre y lo han levantado como una bandera para justificar sus intereses, sus dogmas, sus imposiciones y sus intransigencias. Pero su doctrina, bien o mal comprendida o aplicada, ha inflamado el corazón de los santos y las hogueras de la Inquisición. ¿Quién es este personaje que llama a la entrega total, y que provoca en muchos un odio irracional? ¿Quién es y qué hemos hecho de él? ¿Cómo hemos usado su nombre y su enseñanza: como sal regeneradora, o como opio adormecedor; como bálsamo que cura o espada que hiere? ¿Quién es? ¿Quién es?
Quien no haya respondido a esta pregunta no ha comenzado a vivir. Porque, si es cierto lo que él dijo de sí mismo, y lo que entendieron y dijeron de él sus discípulos, la vida se hace difícil de entender y de vivir sin él. Empero si hubiera sido un embaucador o un loco, media humanidad que le ha seguido y cree fielmente en sus enseñanzas estaría perdida o delirando.
No ocurre lo mismo con otros personajes de la historia. Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o mentira, pero en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación. Que Napoleón muriera derrotado en el Elba o que llegara como emperador hasta el fin de sus días, no moverá a un solo ser humano a dejar su casa, su comodidad para marcharse a evangelizar en el corazón de África. Que John F. Kennedy o Martin Luther King hubieran sido asesinados o no en nada afectará mi vida en la eternidad.
Pero con este hombre el asunto es diferente. Exige respuestas absolutas. Es imperativo y vital conocerle y tomar una postura ante su persona y su oferta de salvación. Él afirma que quien cree en él asegura su vida, y si lo ignora, la pierde. Este hombre se presenta como el "camino, la verdad y la vida". Dependiendo de nuestra respuesta a su pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy yo?", nuestra vida cambiará totalmente. Si nuestra respuesta se parece a la que Pedro dio en nombre de sus compañeros: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente" (Mateo 16:16), y lo creemos así de corazón, entonces nuestra vida sufrirá la más sorprendente y maravillosa transformación: nuestras relaciones con Dios y con los hombres cambiarán por completo; nuestra forma de ver el tiempo y esperar la muerte y la eternidad adquirirán otro sentido: el de la paz, la seguridad y la esperanza; y conseguiremos un poder imposible de conseguir por cualquier medio humano: el formidable poder de los hijos de Dios.
Para aquellos que andan en la búsqueda de este Jesús, y aún no lo han encontrado...
Para los que todavía no están seguros de cómo responder a su pregunta...
Y para los que ya lo encontraron y han respondido decididamente a su pregunta confesándolo como su Cristo Salvador, y ahora se esfuerzan por seguirle el paso en el exigente camino de la vida cristiana, quiero dedicar, para cerrar las páginas de este libro, la humilde vivencia que yo mismo, como muchos de sus discípulos, he tenido al compartir con Jesús el camino de mi vida:

SÚPLICA AL JESÚS DEL CAMINO

"Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos" (Lucas 24:15).

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.

martes, 6 de marzo de 2012

Un tal Jesús: Se necesita un Hombre

Un tal Jesús



Se necesita un Hombre

El mundo está en problemas

Hoy, como ayer, el mundo está en problemas: problemas económicos, sociales y políticos; problemas materiales y físicos, morales y espirituales; problemas de hambre, pobreza e ignorancia; problemas de guerras, divisiones y hostilidades; problemas de crimen, inseguridad y vicios; problemas de explotación, injusticia y opresión; problemas de inmoralidad, pecado y desorden social; problemas y más problemas.
Pueblos y naciones, instituciones e individuos buscan afanosamente al hombre providencial que les brinde respuestas y soluciones. No uno, sino muchos hombres y mujeres que recobren la esperanza para el mundo. Las religiones los buscan en sus cónclaves, asambleas y concilios; los gobiernos, las instituciones sociales o políticas tratan de elegirlos mediante complicados procesos de elecciones. Universidades, escuelas y colegios ofrecen sistemas de enseñanza para prepararlos. Todos buscan al hombre-solución.
Empero, esta búsqueda no es de hoy. Desde los albores de la historia anda el hombre en la búsqueda de quien le resuelva sus problemas. Egipto creyó encontrar la respuesta en sus faraones, constructores de pirámides. Hoy sólo quedan de ellos sus momias y recuerdos, y sus majestuosos mausoleos de piedra. Asiría estuvo orgullosa de Senaquerib, Sargón y Asurbanipal, conquistadores del mundo que se engrandecieron a sí mismos a costa del dolor de otros pueblos.
Babilonia tuvo a Nabucodonosor, no uno, sino varios, constructores de murallas y fortificaciones que hicieron esclavo al pueblo de Dios y destruyeron su templo en Jerusalén. Uno de ellos pudo ser el gran líder, sin embargo, la corrupción que entronizaron en sus reinos la heredó Baltazar, quien tuvo que escuchar de Dios, por boca de su profeta Daniel, la terrible sentencia: "Pesado has sido en balanza y fuiste hallado falto. Tu reino ha sido roto" (Daniel 5:27-28).
El imperio medo-persa dio al mundo a Ciro, Darío, Jerjes y Artajerjes, conquistadores de pueblos a los que rebajaron y explotaron en lugar de educarlos y elevarlos. Grecia llegó a su cénit de gloria y de poder con Alejandro Magno, vencedor de los persas en Arbelas. Alejandro extendió los confines de su reino hasta la India y se quedó sin mundos para conquistar; pero él y su imperio desaparecieron al paso de las huestes de los nuevos dueños del mundo, los romanos. Cartago, al norte de África, produjo a Aníbal, genio de la guerra que invadió a Europa por los Alpes y venció a los romanos; no obstante, murió más tarde derrotado, suicidándose, al ver destruidos su ciudad y su imperio.
Tampoco fueron solución los emperadores romanos; ni siquiera los más sabios y poderosos como Julio César y Marco Aurelio. Su poder absoluto se convirtió en corrupción absoluta hasta hacerse adorar como dioses, sacrificando a quienes, como los cristianos, se negaban a reconocer el despropósito.
Ya en la Edad Media lució con esplendor entre los reyes francos Carlomagno, coronado por el Papa como el gran emperador de Occidente. Protector de las artes, benefactor de la iglesia; mas su imperio se desmoronó con su muerte. Otro Carlos, el I de España (V de Alemania), llegó a ser emperador de Europa y América. De nada le valió, pues enfermo de cuerpo y alma hubo de retirarse a un monasterio, abdicando el trono. En Francia, Luis XTV fue llamado por su pueblo con admiración y esperanza, el "Rey Sol". Pero el esplendor de su reino pronto se opacó, desmembrándose en mil pedazos. Parecía que la espada de Napoleón iba a conquistar el mundo, hasta que fue vencido en Waterloo y desterrado a la isla de Elba.
En los tiempos modernos se han levantado reinas Victorias de Inglaterra, Hitlers en Alemania, Musolinis en Italia, Roose-velts y Kennedys en los Estados Unidos y miles más en otros tantos países del mundo. Todos han hecho cosas buenas o malas, pero ninguno de ellos ha logrado redimir al mundo de sus males, que hoy siguen idénticos o más graves que en el pasado. Todavía, SE NECESITA UN HOMBRE.

¿Qué clase de hombre?

Un hombre puro, de vida limpia y cristalina; con salud, fuerza y resistencia nacidas de la disciplina y la virtud. Un hombre que ha aprendido a vencer los vicios y a practicar la virtud. Un hombre sabio, con criterio para juzgar, analizar, decidir, aconsejar, dirigir y orientar, pues millones esperan su palabra de sabiduría y prudencia.
Un hombre comprensivo y compasivo, conocedor del alma humana, de sus inquietudes y necesidades; accesible a todos. Que hable su lengua y entienda sus cuitas y problemas. Que sepa amar e identificarse con todos. Sincero y universal; no excluyen-te, sino incluyente.
Un hombre dedicado, consagrado a un ideal. Que "prefiera servir antes que ser servido" (Mateo 20:28). Un hombre sin egoísmos; que "no busque lo suyo" (1 Corintios 13:5) y sepa desgastarse en favor de los otros (2 Corintios 12:15).
Un hombre esforzado y valiente como Moisés o Josué; con poder de liderato para conducir a un pueblo a la nueva tierra prometida. Carismático, capaz de hablar a los corazones e inspirar a otros a seguirle. Que sepa encender el entusiasmo y poner de pie a un ejército decidido de seguidores.
Un hombre de fe, con los pies bien puestos en la tierra, pero la mirada fija en la eternidad. "Seguro en quién ha creído" (2 Timoteo 1:12); convencido de su vocación; firme en sus convicciones, las que no sacrificará, ni por la vida.

¡He aquí el hombre...!

Cuando Poncio Pilato presentó a Jesús azotado y coronado de espinas al pueblo que pedía su muerte, como el ecce homo, "¡Aquí tienen al hombre!" (Juan 19:5-6), sin quererlo estaba afirmando la más grande verdad de los siglos: ¡Cristo es el hombre! El único, el verdadero hombre; el hombre completo, el que el mundo necesita, Jesucristo posee todas las características para ser el gran dirigente de la humanidad.
Hombre de poder. "Por medio de él todas las cosas fueron creadas Sin él, nada de lo creado llegó a existir" (Juan 1:3). ¿Cuáles cosas? Responde Pablo: "... todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él" (Colosenses 1:16). Mientras vivió en la tierra, muchos fueron testigos de sus poderes milagrosos. Hacía cosas que nadie podía hacer, como ordenar al viento, calmar tempestades, sanar enfermos, resucitar muertos. Una vez dio de comer a cinco mil con sólo cinco panes y dos peces (Mateo 14:15-20). Y acabó resucitándose a sí mismo, saliendo del sepulcro por su propio poder.
Pero el poder sorprendente de Jesús sigue vigente hoy. Millones lo han experimentado. No sólo continúa curando enfermedades del cuerpo, sino transformando almas y personas, haciendo efectivo su anuncio y promesa a sus discípulos de que "el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace"; y le mostraría cosas todavía más grandes que los dejaría a ellos asombrados (Juan 5:20).
Hombre de sabiduría y experiencia. Aunque vivió sólo treinta y tres años en la tierra, traía la experiencia de toda una eternidad al lado de su Padre. A él podrían referirse las palabras del proverbista cuando dice: "El Señor me poseía en el principio. Antes que los montes fueran afirmados... No había aún hecho la tierra, ni los campos. Cuando formaba los cielos, allí estaba yo... Con él estaba yo ordenándolo todo; y era su delicia de día en día ..." (Proverbios 8:22-30). Ante este hecho el apóstol Pablo debe exclamar: "¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos!" (Romanos: 11:33).
Pero la sabiduría de Cristo, siendo tan profunda, estuvo siempre al alcance de todos. "... las multitudes se asombraban de sus enseñanzas, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los maestros de la ley..." (Mateo 7:28-29). Y decían: "¡Nunca nadie ha hablado como este hombre!" (Juan 7:46).
Hombre comprensivo y compasivo. Su amor y compasión por los hombres fue la razón para venir a la tierra. Se hizo puente, intermediario, sacerdote, nuestro gran "sumo sacerdote que puede compadecerse de nuestra debilidad porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros ..." (Hebreos: 4:15). En mil pasajes de su vida podemos comprobar su amor y compasión. Todos sus milagros son actos de solidaridad con el dolor humano. Su predicación está salpicada de palabras de amor y compasión. Y aun desde la cruz siguió derramando su perdón, pues como dice el libro de Lamentaciones: "El amor del Señor no tiene fin, ni se han agotado sus bondades" (3:22).
Hombre de justicia. Porque el gran dirigente mundial no sólo debe ser poderoso, sabio, compasivo, sino tener un alto sentido de la justicia; fibra moral para defender el orden justo y volverse en contra de las leyes y los gobernantes que oprimen o engañan. Jesús fue el prototipo del más sano equilibrio de justicia y bondad. Bien que se pueden aplicar a él las palabras que Moisés dijera refiriéndose a su Padre: "...tardo para la ira y grande en misericordia; perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de ningún modo tendrá por inocente al culpable..." (Números 14:18). Su reino es de justicia aunque se demore un poco en llegar del todo. Así lo enseñan parábolas como la de la cizaña, que concluye: "Así como se recoge la mala hierba y se quema en el fuego, ocurrirá también en el fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancará de su reino a todos los que pecan y hacen pecar. Los arrojarán al horno encendido, donde habrá llanto y rechinar de dientes" (Mateo 13:40-42).
Hombre de amor y servicio. Su vida toda fue de dedicación absoluta al bien y al servicio del hombre. Pablo lo testimonió así: "Aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos" (2 Corintios 8:9). Abnegado y paciente, buscó en todo instante aliviar las necesidades y se entregó a los intereses del prójimo, especialmente del pobre, del marginado o perseguido. Según Pedro "... cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba a aquel que juzga con justicia. Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia..." (1 Pedro 2:23-24).
Hombre de fe y confianza. Ni un sólo instante dudó de su misión; ni siquiera en la prueba suprema de la cruz donde lo sorprendemos recitando salmos de esperanza y confianza en su Padre, como aquél que comienza: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"; en el que la angustia se vuelve alabanza,; y el dolor se torna en alegría y confianza en el poder restaurador del Señor: "Pero tú eres santo, tú eres rey, ¡tú eres la alabanza en Israel! En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste; a ti clamaron, y tú los salvaste; se apoyaron en ti, y no los defraudaste" (Salmo 22:3-5).
Un hombre no sólo para el tiempo, sino para la eternidad. Como hemos visto, reinos, gobiernos e imperios; príncipes, estadistas y guerreros pasan, mueren, pero nuestro hombre no pasará jamás. Se levantó del sepulcro para nunca más morir. Su liderazgo no tendrá fin, y no habrá necesidad de elecciones cada cuatro o cinco o seis años. "Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos" (Hebreos 13:8). "Estuve muerto —afirma él mismo en el último libro de la Biblia— pero ahora vivo por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 1:18). Nunca envejecerá, ni cambiará. Conoce el secreto de la vida y sabe comunicarlo a otros. Ante la tumba de Lázaro afirmó: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, vivirá, aunque muera..." (Juan 11:25).

Jesús es el hombre

El Cristo de la cruz, el Jesús Salvador, maestro, guía y ejemplo. Hombre de poder, de sabiduría y consejo; de compasión, amor y servicio; hombre de fortaleza, dedicación y entrega. Todo un líder que inspira y arrastra multitudes; que ama, conoce y comprende a la gente; fiel hasta la muerte y más allá, pues hizo efectiva su afirmación de que nadie tiene más amor que aquél que "da su vida por sus amigos" (Juan 15:13). ¿Qué más queremos? ¡He aquí el hombre! ¡Abramos paso a Jesús!

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.

martes, 28 de febrero de 2012

Un tal Jesús: El Rey que vendrá

Un tal Jesús



El Rey que vendrá

Cambio de gobierno

El tema que ahora nos ocupa es el de un cambio de gobierno. No se asuste. No se trata de un golpe de estado como los que estuvieron en boga hace algunos años en éste y otros continentes. Aunque viéndolo bien, es algo bastante cercano a eso: un golpe de estado definitivo, pero para provecho y bien de muchos. Y es que, ante el rotundo fracaso de los hombres en el gobierno de los pueblos, ya es tiempo de cambiar el gobierno de los hombres por algo superior. Para ello debo hablarles de quién ejercerá el gobierno. Se trata de un Rey muy peculiar. Un gran dirigente mundial que está por venir.
El profeta Isaías lo llama "Jefe y Maestro" (55:4); Daniel, "Mesías y Príncipe" (9:26); el apóstol Pablo, "Rey eterno, inmortal, invisible, el único Dios..." (1 Timoteo: 1:17); y Juan, el teólogo, lo identifica como "... el soberano de los reyes de la tierra" (Apocalipsis 1:5), y declara que vio la expresión "Rey de reyes y Señor de señores" escrita en sus vestiduras, a su regreso a la tierra (Apocalipsis 19:16).

Cómo será este Rey

Será un rey diferente. Traerá una filosofía de servicio. Sorprendente, pues contradice la de todos los reyes y líderes terrenales. No llevará a cabo ningún acto de orgullo. No utilizará autoridad o fuerza arbitrariamente. No se jactará de sus hechos. Deseará servir, más que ser servido.

Como ustedes saben, —se le escuchó decir alguna vez a sus seguidores— los gobernantes de las naciones oprimen a los subditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
Mateo 25:25-28

Nadie debe temer una monarquía con semejante Soberano en el trono, deseoso de servir a su pueblo y dispuesto a dar su vida en rescate de sus subditos.
Ejercerá un liderato de humildad y abnegación. Este Rey peculiar y único dejó su trono en los cielos y aceptó la más humilde posición de maestro y predicador en la tierra, naciendo de una mujer humilde y desconocida en un pequeño pueblo perdido en la geografía polvorienta del Oriente. Apareció, en el momento oportuno, predicando un camino de regeneración y santidad a un mundo y una sociedad decadentes que se desintegraban en medio de la idolatría y la corrupción. En un acto admirable de abnegación, se desprendió de su gloria para venirse a vivir entre nosotros y procurarnos así la salvación. Un antiquísimo himno cristiano, que Pablo recogió en una de sus cartas, describe así este paso supremo de su sacrificio redentor:

Siendo por naturaleza Dios,
no consideró el ser igual a Dios
como algo a qué aferrarse.
Por el contrario, se rebajó voluntariamente,
tomando la naturaleza de siervo
y haciéndose semejante a los seres humanos.
Y al manifestarse como hombre,
se humilló a sí mismo
y se hizo obediente hasta la muerte,
¡y muerte de cruz!
Filipenses 2:6-8

Quiere compartir su trono. Esta insólita decisión se la manifestó al autor del último libro de la Biblia: "Al que salga vencedor le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono" (Apocalipsis 3:21). ¿Quién oyó jamás semejante desafuero de boca de un rey? Todos los reyes y líderes buscan protegerse, asegurarse, fortificarse, excluir y hasta eliminar a los posibles rivales, y proclamarse absolutos. Para lograrlo, se rodean de incondicionales y validos cortesanos, de fuerzas de seguridad, policía secreta y muchos otros recursos y artilugios.
Nosotros mismos cuidamos celosamente lo que consideramos nuestro propio "reinecito": En mi casa, "yo soy el que mando"; en la oficina o el taller, "yo soy el jefe"; en la iglesia, "yo el dirigente"; y entre mis amigos, "el cabecilla o líder". Pero nuestro Rey dice: "Vengan, únanse a mí, y reinaremos juntos."
Busca identificarse plenamente con la humanidad. La Biblia dice: "Hecho semejante a los seres humanos." Y no fue una identificación transitoria, mientras pasó por la tierra. Después de su muerte, resucitó y asumió el mismo cuerpo humano con el cual subió a lo Alto, a disfrutar de la gloria que había tenido antes de la creación. Desde entonces hay un hombre en el trono de Dios, el cual regresará, como hombre, a ser el juez de vivos y muertos. Veremos en las plantas de sus pies y en las palmas de sus manos las cicatrices de los clavos. El profeta Habacuc, en un vistazo asombroso del futuro, escribió: "Su brillantez es la del relámpago; rayos brotan de sus manos; ¡tras ellos se esconde su poder!" (3:4).
Las cicatrices recordarán a su pueblo que voluntariamente fue a la muerte por todos, y con su sangre los redimió del pecado y les consiguió eterna salvación. Y allí estará el secreto de su poder; el poder de su amor infinito y eterno. Ante las señales evidentes de su amor, ¿podrá alguien temer su reinado, ejercido en amor y sacrificio? Por eso en su coronación habrá gozo y todos gritarán, y nosotros con ellos, si es que ya hemos aceptado su reinado:

¡Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y la honra, la gloria y la alabanza!
Apocalipsis 5:12

Y todo lo creado se unirá a las voces de los ángeles y bienaventurados, para cantar:

¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, sean la alabanza y la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.
Apocalipsis 5:13

Todos tendrán que reconocerlo. Los historiadores hablan del celo batallador de Alejandro, de la integridad de Aníbal, de la bondad de Carlomagno, del genio guerrero de Napoleón y del carisma e inteligencia de un Churchill, un Kennedy o un Charles de Gaulle. Todos ellos desaparecerán en la bruma de la historia, mientras nuestro Rey será permanente y eterno. Nuestro Rey está por encima de los más sabios, valientes, nobles y poderosos, como lo afirma el apóstol Pablo:

¡Cuan incomparable es la grandeza del poder de Dios a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales, muy por encima de todo gobierno y autoridad, poder y dominio y de cualquier otro nombre que se invoque, no sólo en este mundo sino también en el venidero.
Efesios 1:19-21

¡Ese es nuestro Rey! El gran dirigente que vendrá desde las esferas celestes a gobernar el mundo. Él mismo lo ha prometido. Y sus promesas nunca fallaron: "¡Yo vendré otra vez!" (Juan 14:3).

Todos tenemos una cita con el Rey

Tal vez usted no lo sepa, pero tiene una cita con el gran Rey. Todos la tenemos. ¿Cómo es eso? Pablo responde: "Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo" (2 Corintios 5:10).
Esto dijo Pablo a los de Corinto; a los de Roma agregó: "Así que cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí a Dios" (Romanos 4:12). .
Es ineludible esta cita. Aunque usted no lo quiera. Por eso debe prepararse desde ahora para presentarse a esta entrevista.
No tema; se trata, es verdad, del personaje más poderoso y sabio, más encumbrado e importante del universo. Pero es a la vez el personaje más asequible, amable y sencillo. Él mismo ha dicho: "¡El que a mí viene, no lo rechazo!" (Juan 6:37). Por eso el autor de la carta a los Hebreos nos invita a acercarnos "confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos" (Hebreos 4:16). Y la invitación del mismo Rey es clara y estimulante: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y. mi carga liviana" (Mateo 11:28-29). Invitación admirable de un Rey que pronto gobernará el mundo.

Usted debe prepararse para la cita con el Rey

¿Cómo? Debe aprender a conocerlo y reconocerlo aquí abajo, para tomar parte de su reino en la eternidad. Él ha dicho: "Cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo. Pero a cualquiera que me desconozca delante de los demás, yo también lo desconoceré delante de mi Padre que está en el cielo" (Mateo 10:32-33).
Para este reconocimiento necesitamos más que los sentidos y las facultades naturales. Necesitamos de la facultad sobrenatural de la fe. Esta es un regalo de Dios, una gracia que nos habilita para descubrir primeramente que solos no podemos salvarnos, librarnos del pecado, convertirnos, cambiar de rumbo a nuestra vida y comenzar a caminar en la dirección que nos señala la voluntad divina. Al convencernos de esta realidad, estaremos entonces listos para reconocer en Jesucristo a nuestro Rey y Salvador que sí puede cambiarnos; y quien nos dará todas las fuerzas para mantenernos en el bien, progresar en la virtud y vivir su vida de santidad. De esa manera entraremos a formar parte de su reino, y estaremos preparados para presentarnos a su presencia y reinar con él, cuando él venga.

Un Reino dinámico

Se trata, pues, de un Reino dinámico, que está en camino; algo que inició Cristo y todavía no se ha acabado de construir. Y que sólo se realizará plenamente con la segunda venida del Rey, al fin de los tiempos. Un Reino que abarca todo y transforma todo, no sólo lo espiritual, sino lo material, lo económico, lo político y lo social: la totalidad de nuestro ser, y la totalidad de nuestro mundo, ambos son introducidos en el orden querido por Dios. Y Dios y Cristo entonces reinan.
Este reino afecta en primer lugar a la persona. Por eso Jesús exige una conversión radical, un "nuevo nacimiento". Pero la liberación que lleva al reinado de Jesús debe traer un nuevo ordenamiento del mundo, regido por las leyes del reino predicadas por Jesús, entre las cuales está en primer término la ley del amor.

Esperamos al Rey

Hace ya dos mil años que Jesús inauguró su reinado. Media humanidad lleva el nombre de "cristiana" y se dice participante de este Reino. Día a día millones de hombres y mujeres se reúnen para recordar y alabar el nombre de este Rey. Cantan, oran, comparten el pan. Y él sigue viviendo en medio de los suyos, de los que creen y saben con certeza que su Rey, aquel Hombre-Dios que nació en Belén y se crió en Nazaret y predicó sobre su Reino en toda la Palestina, por cerca de tres años, volverá. Sí, volverá algún día para mostrar la plenitud de su rostro y dar el toque final a la fundación de su Reino. Y esperan. Y siguen repitiendo, con la misma esperanza con que lo repetían los primeros cristianos: "¡Maranatha! ¡Ven, Señor Jesús!" (Apocalipsis 22:20). Porque saben que Jesús reina desde el centro de sus vidas, desde dentro de su corazón, y esperan confiados su regreso. Por eso repiten felices con Ignacio de Antioquía, un padre de la Iglesia del siglo segundo: "Hay una sola cosa importante en la vida: haber encontrado a Jesús, y dejarle reinar en nuestra vida. Esta es la única forma de vivir una vida verdadera."
Pero ¿qué reino es este que Jesús predica, qué conversión es esta de la que habla? Tratando de ser muy esquemático, digamos que Jesús viene a responder a las grandes preguntas del hombre. Antes y después de él, los hombres son —como lo dijera un poeta— "animales construidos de preguntas". Preguntas como:
¿Por qué el hombre no termina de ser feliz?
¿Qué es la muerte y qué hay al otro lado?
¿Por qué el amor parece ausente de la tierra y por qué son tantos los que se dedican a explotar y esclavizar a sus prójimos?
¿Dónde se encuentra el secreto de la felicidad?
¿Cuál es el mejor camino para encontrar a Dios?
Pero Jesús viene a algo más que a sólo responder preguntas. Conocer la verdad sobre muchas cosas es importante; y tener las respuestas a nuestras inquietudes, muy satisfactorio. Pero nada de eso salva por sí mismo. Y Jesús, el Rey encarnado, viene a salvar. A cada persona individualmente, si aprende a conocerlo y aceptarlo; y a la humanidad en su totalidad, si es que se decide a asumir su mensaje.
Pero demos un paso más: la salvación ofrecida por Jesús no es sólo algo externo. Para ingresar en el reino de Jesús se necesita sufrir una salvación transformadora. Jesús anuncia que viene a crear el hombre nuevo, la humanidad nueva. Jesús inaugura un nuevo modo de ser, de estar y de actuar en el mundo; unas nuevas relaciones entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí.
Podemos avanzar aún más y afirmar que Jesús no hace todo esto desde fuera, como quien saca un pez de su agua y lo transporta a otra. Jesús construye su reino desde dentro de la humanidad misma, y ese reino comienza con su propia Persona, al ingresar a nuestro mundo, "a nuestra agua". Jesús es el comienzo de ese Reino. Más que respuestas teóricas a las preguntas humanas, Jesús mismo es la respuesta. Él es el fundador, el creador de una nueva humanidad, que se encarna y realiza en sí mismo primero. Y con él, un nuevo Reino se entroniza en este mundo. Un Reino de amor, de santidad, de salvación. Su Reino no es un territorio, es una realidad transformadora que puede estar en ti y en mí. Como dice el teólogo Leonardo Boff: "El reino de Jesús incluye todo: mundo, hombre y sociedad; es la totalidad de la realidad, lo que debe ser transformado."

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.

martes, 21 de febrero de 2012

Un tal Jesús: Jesús, garante de la vida

Un tal Jesús



Jesús, garante de la vida

Vida en la vida

Físicamente comenzamos a morir desde que nacemos. Cada día que vivimos nos acerca a la tumba. No hay forma de detener el ultraje irreparable de los años sobre nuestra humanidad.
Conozco, sin embargo, ancianos de alma lozana y alegre como la de un niño. Alguien ha dicho que somos tan viejos como queramos serlo. Y que un cuerpo gastado puede encerrar un espíritu juvenil. Hemos oído de Nicodemo, aquel judío notable, instruido, respetado y, además, anciano. Fue precisamente a él a quien Jesús dijo que era posible volver a nacer, pese a los años. "¿Cómo puede ser esto?" fue la pregunta natural que brotó de los labios del estudioso Nicodemo. No sabía aquel hombre que hay fuerzas inmunes al desgaste del cuerpo, ni que el campo de acción de esas fuerzas es la región donde el tiempo se mella porque ella pertenece a la eternidad.
Renovarse o morir, proclaman muchos. Pero sólo Jesús dio sentido y proyección auténtica y completa a esta proclama. El hombre no nació para morir. He ahí la quintaesencia del mensaje de Jesús. "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Es necesario, pues, realizar la Pascua, el tránsito de la muerte a la vida. Muerte es todo lo que se opone a Dios y a su ley. Lo que nos impide tener un corazón limpio y un alma fresca. Muerte es, sobre todo, el pecado.
Hay en cada ser humano la materia prima suficiente de la cual Jesucristo puede hacer una nueva criatura. El mayor descubrimiento de los últimos tiempos no es la electricidad, ni la bomba de neutrones, ni las fuerzas del cosmos, sino el poder renovador de la fe en Jesucristo que nos permite nacer de nuevo. Pablo describe esa fuerza con estas palabras, según reza la versión tradicional: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." Otras versiones le dan una proyección aún mayor. Y la Nueva Versión Internacional dice: "Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17). Se trata de una renovación total. "Será una persona nueva", dice la versión popular Dios habla hoy. Vivir así, en Dios, renacidos, renovados, significa muchas cosas:
Significa amar, aprender a amar. "La vejez no existe... Sólo existe vejez donde no hay amor", escribe Julián Green a Jacques Maritain. "Dios es amor", dice San Juan. Se trata de una entrega y sacrificio alegres. Dios da en lugar de reclamar o quitar. Dios nos enseña a amar con un amor que no rebaja ni envilece, sino que eleva y enriquece; amor generoso que no busca lo suyo; que no tiene envidia, no es presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta ... (1 Corintios 13:1-7).
Significa creer, creer en Dios, en Jesucristo, en su Espíritu renovador, en la eternidad donde Dios habita y nos llama. Esa fe orienta al niño y al joven en su carrera, le enseña caminos de virtud, sostiene al hombre maduro en sus luchas y le enseña a soportar gozosamente pruebas y dolores. Como dice Romano Guardini: "El hombre que envejece cobra mayor conciencia de lo eterno... Se agita menos, y así puede oír mejor las voces del más allá."
Significa confiar. La persona que acepta y sigue a Dios en amor y fe, confía en él y no se preocupa ni ante los hechos de la muerte, la enfermedad o problema alguno que le amenace porque "sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman" (Romanos 8:28).
Significa vivir plenamente. "Cuando el 28 de octubre de 1958 los cardenales me designaron como Papa, a los 77 años de edad, se extendió la convicción de que yo sería un Papa de transición. En lugar de esto, heme aquí en víspera de mi cuarto año de pontificado y con la perspectiva de un sólido programa que desplegar de cara al mundo entero que observa y espera. En cuanto a mí, yo me encuentro como San Martín, quien no tenía miedo de morir ni se negó a vivir." En estas palabras del Papa Juan XXIII hallamos la realidad de una vejez tranquila, fructífera, centrada en Dios. Se trata de la misma actitud de San Pablo al decir: "Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia. Ahora bien, si seguir viviendo en este mundo representa para mí un trabajo fructífero, ¿qué escogeré? ¡No lo sé!" (Filipenses 1:21-22).
El mensaje de la Navidad tiene que ver con todo esto. Nos habla no sólo de una vida que comienza, sino de muchas vidas que se renuevan. Por eso la Navidad no es solamente la fiesta de los niños. Es la fiesta de todos. Niños, jóvenes, adultos y ancianos recibimos en ella el mensaje de la vida que se renueva. El nacimiento de Jesús es el principio del proceso de nuestro renacimiento. No podemos quedarnos en Belén, porque le siguen el Getsemaní y el Calvario, la cruz y la resurrección. Cristo nació para morir y resucitar. Nacimiento, muerte y resurrección constituyen la obra completa. Ahora él vive eternamente y tiene poder para darnos vida permanente. Este es el mensaje central de la Navidad.


Vida en la muerte

"¿Dónde está ahora papá?" Escuché esta pregunta que un niño hizo a su madre frente a la tumba de su progenitor. Con cuatro palabras el pequeño quería descifrar el misterio de la muerte, del más allá. Una inscripción grabada en la losa que cubría la sepultura anticipaba la respuesta que la madre no atinaba a dar: "Espero la resurrección de los muertos."
Ante otra tumba, veinte siglos atrás, Marta y María de Betania dijeron a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto" (Juan 11:21). Acto seguido ellas recibieron la respuesta de Jesús en estas palabras: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera" (Juan 11:25). Este Jesús, que hace afirmaciones tan importantes, es el mismo cuyo nacimiento fue anunciado por ángeles a unos pastores en Belén de Judá.
Al hablar del nacimiento de Jesús, Juan afirmó que "en él estaba la vida" (Juan 1:4). Y un poco antes dijo: "En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1). Le encanta a Juan recoger toda sentencia que hable de Cristo como vida, fuente de vida, dador de la vida: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6); "Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Juan 5:24).
Queda así descifrado el misterio de la muerte por alguien que siendo Dios, comenzó a existir como hombre y nos dio el poder divino de la fe que vence a la tumba. Creer en él, aceptar que él, con el poder del Padre y del Espíritu, nos hace renacer, es el principio de una vida sin fin para nosotros los creyentes. La muerte será así sólo una circunstancia transitoria, un puente que nos lleva al encuentro de la realidad definitiva, de la vida eterna en Dios y con Dios. Las reflexiones anteriores nos acercan a dar la respuesta a la pregunta que ha inquietado siempre a hombres y mujeres de todos los tiempos, pueblos y culturas: ¿Y después de la muerte, qué? Ya hemos visto que Jesús tiene mucho que decir al respecto.

Muerte, juicio, infierno y gloria

Muerte, juicio, infierno y gloria constituyen lo que los teólogos llaman "las postrimerías del hombre" o últimas y definitivas experiencias que determinarán nuestra suerte de una vez y para siempre. Asomarse a la muerte es hoy empresa fácil: la prensa, la radio, la televisión y el cine nos prestan diariamente este servicio. Todos tendremos que morir.
En cuanto al juicio, la Biblia confirma lo que a diario nos hace sentir nuestra conciencia: "... que está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio" (Hebreos 9:27), y que "cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí a Dios" (Romanos 14:12). ¿Y el infierno? Como alguien decía, si no existiera habría que crearlo. Aunque es demasiado evidente en la Biblia para negarlo. ¿No se da acaso con frecuencia, como un anticipo de sus tormentos en este mundo?
La gloria es otra cosa y está reservada a los que por la fe han aprendido a crear un nuevo sentido, el "sentido de lo sobrenatural", de lo eterno; el sentido de la vida verdadera.
Es sólo cuando conseguimos este privilegio de la fe gratuitamente ofrecido por Dios a través de Jesucristo, que aprendemos a percibir y a comprender las postrimerías en sus justas dimensiones. Para los sin fe y sin Dios estas realidades son una amenaza que produce angustia, preocupación e incertidumbre; o simples "mitos" a los que no hay que prestarles atención. Para los creyentes, son una oportunidad que nos abre las puertas a la VIDA ETERNA.
No tenemos que esperar, sin embargo, al más allá para empezar a disfrutar de esta experiencia de "vida". El cristiano vive en este mundo como "resucitado"; como una "nueva criatura" que ha asegurado por los méritos infinitos de Jesucristo, el cielo, la "gloria". "Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17).
De todo esto nos habla la Pascua, que no es otra cosa que el anuncio de la resurrección: la de Cristo y la nuestra; el tránsito glorioso de la experiencia de la muerte a la experiencia de la vida. Es éste el contenido fundamental del llamado kerigma o predicación apostólica resumido por Pedro en su primer sermón después de Pentecostés: a este Jesús que "ustedes mataron... Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte" (Hechos 2:24). Desde entonces todo es nuestro: "el universo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir" (1 Corintios 3:23).
Pero no basta hablar de vida nueva y resurrección si en nada se notan sus efectos en nosotros. Esta ha sido una ya larga objeción de los incrédulos para no creer en lo que los cristianos creemos: "No creeré en el redentor de estos cristianos hasta que ellos mismos me muestren que están redimidos", afirmaba sarcásticamente el filósofo Nietzsche. Y es que, aunque marcado con las huellas de la cruz, el cristiano ha de mostrar los signos de la resurrección.
"Lo único que voy a hacer es empezar a contar lo que repetiré eternamente: las misericordias del Señor." Así escribió una pequeña santa llamada Teresita de Jesús en la primera página de su autobiografía. ¿Somos nosotros capaces de detectar en nuestra vida las misericordias del Señor y dar a otros signos de que estamos viviendo como "resucitados" a una nueva vida?
Signos que afirman la vida en un mundo de muerte. Signos que testimonian los valores trascendentales y eternos, en un mundo de trivialidades temporales, de intereses materiales y de proyecciones netamente humanas, cuando no egoístas y pecaminosas.
La oración y la Palabra de Dios son nuestras mejores aliadas para vivir como hijos e hijas de Dios y dar signos y testimonios de vida: signos de esperanza en medio de la desesperanza; de serenidad y seguridad en medio del desconcierto y la perplejidad; de confianza en medio del dolor y de la prueba; de amor y comprensión en medio del odio y de la intolerancia; de perdón y aceptación del prójimo como hermano, en medio del rechazo y la discriminación.
Cuando así ocurra, podremos percibir que la vida de Dios habita en nosotros, y que el misterio de Jesucristo, muerto en la cruz, pero resucitado y triunfante, nos pertenece y se hace realidad en nuestra propia vida. "Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo" (2 Corintios 4:6). Y a su resplandor, marcharemos alegres y confiados en la vida, hacia la eternidad, porque .. . hemos hecho del Señor nuestro refugio, del Altísimo nuestro protector; y no nos sobrevendrá mal alguno, pues él manda sus ángeles para que nos cuiden dondequiera que vayamos. Nos levantará con sus manos para que no tropecemos; nos librará de la angustia; nos colmará de honores; nos hará disfrutar de una larga vida y nos hará gozar de su salvación (Salmo 91:9-16).
Un himno litúrgico funerario de la iglesia primitiva canta ante la tumba del cristiano estas palabras de oración y confianza:

Recibe, Señor, a tu hijo
a quien llamaste hoy
de este mundo a tu presencia.
Confiamos que, así como ha compartido
ya la muerte de Jesucristo,
compartirá también con él
la gloria de la resurrección.
Y a cuantos han muerto en tu amistad,
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria.
Allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos,
porque al contemplarte como tú eres,
Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti.

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.

martes, 14 de febrero de 2012

Un tal Jesús: El que volvió de la tumba

Un tal Jesús



El que volvió de la tumba

Las lecciones del Jesús moribundo

Cristo responde no sólo a los interrogantes de la vida, sino a las angustiosas incógnitas de la muerte. Es uno de los pocos que fueron al más allá y regresaron. Murió en pleno goce de la vida, cuando apenas se iniciaba en su edad adulta y todas sus fuerzas bullían efervescentes, llenas de vigor. A la temprana edad de treinta y tres años mal contados, quiso tener una experiencia con la muerte... ¡y qué experiencia! El sí que puede contarnos de los dolores y las angustias de la agonía. Puede referirnos los mil pensamientos y premoniciones que se atropellan en la mente de un moribundo. Su testamento no fue escrito anticipadamente en la placidez de una estancia, al favor de la luz acogedora de una lámpara de resina o aceite, sino en el fragor de su crucifixión, en medio de los dolores desgarradores de su cuerpo que se despedazaba y consumía colgado del madero. Por eso será que sus mal llamadas siete últimas palabras, que son más de siete, tienen la intensidad, la profundidad, la emoción y la belleza de quien está suspendido entre dos mundos; y puede dialogar en confianza con el Padre que le espera desde la eternidad, y con los hombres que presencian su partida, a este lado del sepulcro, desde las lomas polvorientas del monte de la Calavera.
Por eso es provechoso y conveniente meditar en la cruz, en la agonía y muerte de Jesús. Leer y releer su testamento; los discursos registrados por Juan en los capítulos 13 al 18 de su Evangelio, con los que preparó a sus discípulos para el trance supremo de su partida. Observar su agonía de sangre en Getsemaní (Mateo 26:36-46; Marcos 14:32-42; Lucas 22:40-46), y aprender las lecciones importantes que nos presenta de valentía ante la muerte y el dolor; de fe y confianza en Dios, nuestro Padre justiciero que nos espera del otro lado de la tumba; y de persistencia en la vigilia y la oración como medio para preparar y fortalecer nuestro espíritu para la hora suprema del encuentro con la muerte. Estaremos entonces listos para responder muchas de las preguntas que nos inquietan acerca del más allá.
¿Y después de la muerte, qué?
Todos sabemos que vamos a morir; pero ¿qué pasa después de la muerte? Hace cuarenta mil años los primitivos de Neandertal colocaban en las tumbas utensilios que sirvieran a los difuntos en su viaje a la otra vida. Los modernos, hoy, con parecidas pretensiones, llevan flores a los muertos para reafirmar ese vínculo entre el aquí y el más allá.
El deseo de la supervivencia está profundamente arraigado en nuestro espíritu: todos queremos tener una posteridad, dejar descendientes, memorias, recuerdos, obras que perduren. Filosofías y religiones han ensayado dar una respuesta al interrogante de la otra vida; intentan describirla, anticiparla, afirmarla o negarla, asegurarla. Los ritos y las ceremonias funerarias son parte esencial de la cultura y de la vida de todas las civilizaciones. Los pueblos que las integran buscan conjurar la muerte o halagarla, proclamar la esperanza o la desesperanza alrededor de la misma; dar testimonio de su fe en la continuación de la vida después del sepulcro, o resignarse a aceptar que ésta es la única vida, y que con la muerte llega la nada, el vacío total; reafirmar su confianza en el que reconocen como el Dueño de la vida, que controla los dominios de la muerte, o encogerse de hombros frente a la tozuda realidad de un más allá que para ellos no significa mucho, porque es inevitable y nadie puede hacer nada para resolverlo.

¿Un fin o un comienzo?

Según como la miremos, la muerte es un fin o un comienzo. Para muchos es un sueño eterno, pérdida definitiva y total, término de la existencia histórica, telón que cae sobre el escenario de la vida, angustia irremediable, absurdo sin nombre, muro infranqueable contra el' que se estrellan el corazón y la razón. Para el cristiano la muerte no es un problema, sino un misterio iluminado por la verdad revelada de Dios. No es el fin, sino el principio de una vida mejor. Es el encuentro con el Dios vivo y eterno cuya compañía nos anticipó y aseguró la fe aquí en la tierra. Este es el mensaje fundamental de Jesús: "... el que vive, aunque estuvo muerto; pero ahora vive por los siglos de los siglos y tiene en sus manos las llaves de la muerte y del infierno" (Apocalipsis 1:18).
Jesús vivió plenamente esta vida, aunque todos sus actos y palabras apuntaban a la eternidad. Por eso habló de su muerte no como algo definitivo, sino como un paso inevitable dentro de los planes de redención de su Padre. Pero a renglón seguido, continuaba hablando de su vida y de sus planes para después de su muerte. Es dentro de esta perspectiva de superviviencia eterna que podemos entender sus afirmaciones: "Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Juan 5:24).
Quiere decir que para el creyente la eternidad comienza aquí mismo; y la muerte será sólo un incidente pasajero de tránsito hacia esa eternidad. Ahora podemos entender mejor la actitud de Jesús frente a la angustia y el dolor de Marta y María por la muerte de su hermano Lázaro, y su afirmación terminante acerca del sentido de la muerte para el creyente: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás" (Juan 11:25-26).
Hay aquí una nueva definición de la vida y de la muerte; a las cuales se agrega un concepto novedoso, el de la resurrección, que es el que da sentido real a las nuevas concepciones cristianas de la vida y la muerte. Jesús nos trae una novedad: los mortales ya no deberán moverse dentro las dos únicas realidades de vida y muerte. La nueva realidad introducida por Cristo, y que él ha puesto al alcance de todos sus seguidores y discípulos, es la de la resurrección. Y para que no quede ninguna duda, Cristo mismo, el que nació y vivió entre nosotros, se sometió a la muerte, pero luego resucitó.

¡Jesús ha resucitado!

¡Jesús ha resucitado! Esta proclamación está en el corazón del evangelio, y despeja para el cristiano todas las dudas acerca de la muerte. La resurrección de Cristo es un hecho real que los apóstoles afirman y reafirman sin cansancio (Hechos 1:22; 2:24, 32; 3:15; 4:2, 10, 33; 5:30; 10:41; 1 Corintios 15, etcétera). Los discípulos lo han visto después de la resurrección (Juan 21:14), han hablado con él, comido y bebido con él (Lucas 24:42), Tomás lo vio y lo palpó (Juan 20:24-29). Todos han escuchado su voz (Marcos 16:14-20), han sentido el calor de su presencia (Lucas 24:13-35), han recibido sus mandatos y exhortaciones (Hechos 10:41-43). San Pablo hizo de esta verdad histórica la base de su predicación:

Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales viven todavía, aunque algunos han muerto. Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles, y por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí.
1 Corintios 15:3-8

Esperanza para todos

Un hombre, pues, Cristo Jesús, ha sufrido la experiencia de la muerte, pero vive. Él ha vencido a la muerte. Esta victoria del Señor abre para nosotros las puertas de una inmensa esperanza. Como no cesa de repetir el apóstol Pablo:

Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron. De hecho, ya que la muerte vino por medio de un hombre, también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen.
Entonces vendrá el fin, cuando él entregue el reino a Dios el Padre, luego de destruir todo dominio, autoridad y poder.
1 Corintios 15:20-24'

La victoria de Cristo sobre la muerte es nuestra propia victoria. Su muerte y su resurrección no son dos hechos distintos, sino partes de una misma realidad, un misterio de amor y salvación en el cual Dios viene a nuestro encuentro para hacernos compartir su vida. "Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros", dice San Pablo en 1 Corintios 6:14. ¡Despiértate! Este mundo agoniza. Está herido de muerte. Su enfermedad es de injusticia, desamor, pecado. Duerme, inconsciente, el sueño del mal, preludio de la muerte eterna.
Necesita despertar al toque del Cristo resucitado a una nueva vida de virtud y bien, de verdad y justicia. Sólo la fe en Cristo, vencedor del sepulcro, podrá salvar al mundo. Cristo convertirá la muerte en vida, la desgracia en felicidad, la perdición en salvación eterna. Él, Cristo, perdonará todos nuestros pecados. Por lo tanto: "Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te alumbrará Cristo" (Efesios 5:14). Despiértate tú, que duermes en el pecado que es la muerte eterna. Abre los ojos y mira al Cristo resucitado que te invita a la vida, a triunfar sobre el mal que te adormece.

¡Que viva la vida!

¡Cristo vive! Enciende en tu alma la luz de la fe en Jesucristo, el vencedor de la muerte, el que vive y reina para siempre (Apocalipsis 1:18; 11:15). Dios, tu Padre, quiere verte de pie frente a la vida, desafiante y seguro ante la muerte. Jesucristo te reclama en las filas de los que han nacido otra vez a la vida que no muere. Ante su presencia huirán las sombras del pecado; se limpiará el firmamento de tu futuro, y se abrirán a tu existencia perspectivas de eternidad. Así podrás gritar con toda seguridad: ¡Que viva la vida!

Fuente: Jaramillo, L. (1998) Un tal Jesús. Ed. VIDA EE.UU.
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