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miércoles, 20 de agosto de 2014

Espíritu, alma y cuerpo

Espíritu, alma y cuerpo
Por Watchman Nee


El concepto corriente de la constitución de los seres humanos es dualista: alma y cuerpo. Según este concepto el alma es la parte interior espiritual invisible, mientras que el cuerpo es la parte corporal externa visible. Aunque hay algo de cierto en esto, con todo, es inexacto. Esta opinión viene de hombres caídos, no de Dios. Aparte de la revelación de Dios no hay ningún concepto seguro. Que el cuerpo es la cubierta externa del hombre es, sin duda alguna, correcto, pero la Biblia jamás confunde el espíritu y el alma como si fueran la misma cosa. No sólo son diferentes en condiciones, sino que sus mismas naturalezas difieren una de otra. La Palabra de Dios no divide al hombre en las dos partes de alma y cuerpo. Al contrario, trata al hombre como un ser tripartito: espíritu, alma y cuerpo. Primera Tesalonicenses 5:23, 24 dice: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.» Este versículo muestra claramente que el hombre está dividido en tres partes. El apóstol Pablo se refiere aquí a la santificación total de los creyentes: «santificaos totalmente».

Según el apóstol, ¿cómo se santifica una persona por completo? Guardando su espíritu, alma y cuerpo. Es fácil comprender con esto que el conjunto de la persona comprende estas tres partes. Este versículo también hace una distinción entre espíritu y alma, pues de otro modo Pablo habría dicho simplemente «vuestra alma». Puesto que Dios ha distinguido el espíritu humano del alma humana, concluimos que el hombre está compuesto, no de dos, sino de tres partes: espíritu, alma y cuerpo.

¿Tiene alguna importancia dividir en espíritu y alma? Es un asunto de primordial importancia porque afecta tremenda-mente a la vida espiritual de un creyente. ¿Cómo puede comprender un creyente la vida espiritual si no conoce el alcance del mundo espiritual? Sin comprender esto ¿cómo puede crecer espiritualmente? El fracaso en distinguir entre el espíritu y el alma es fatal para la madurez espiritual. Con frecuencia los cristianos consideran espiritual lo que es anímico (o sea, del alma), y de esta manera permanecen en un estado anímico y no buscan lo que es espiritual de veras. ¿Cómo podremos escapar del fracaso si confundimos lo que Dios ha dividido?

El conocimiento espiritual es muy importante para la vida espiritual. Añadamos, no obstante, que para un creyente es de igual importancia o más ser humilde y estar dispuesto a aceptar la enseñanza del Espíritu Santo. Si lo es, el Espíritu Santo le concederá la experiencia de dividir en espíritu y alma, aunque quizá no tenga demasiado conocimiento sobre esta verdad. Por un lado, el creyente más ignorante, sin la más mínima división de espíritu y alma, puede, sin embargo, experimentar esta división en la vida real. Por el otro, el creyente más informado, conocedor por completo de la verdad sobre espíritu y alma, puede, sin embargo, no vivirla en su experiencia. Mucho mejor es el caso de la persona que puede tener tanto el conocimiento como la experiencia. No obstante, la mayoría carecen de esta experiencia. En consecuencia, es bueno empezar por guiarlos a que conozcan las diferentes funciones del espíritu y del alma y luego animarlos a buscar lo que es espiritual.


Otras porciones de la Biblia hacen la misma diferenciación entre espíritu y alma. «Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y de los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (He. 4:12). En este versículo el escritor divide los elementos no corporales del hombre en dos partes, «alma y espíritu». Aquí se menciona la parte corporal a través de las coyunturas y los tuétanos —órganos motores y sensoriales—.


Cuando el sacerdote utiliza el cuchillo para cortar y dividir totalmente el sacrificio, no puede quedar nada oculto. Incluso se separan las coyunturas y los tuétanos. De la misma manera el Señor Jesús usa la Palabra de Dios sobre su pueblo para separarlo todo, para penetrar incluso hasta la división de lo espiritual, lo anímico y lo físico. Y de aquí se deduce que puesto que se puede dividir el alma y el espíritu, deben ser diferentes en su naturaleza. Así pues, es evidente aquí que el hombre es un compuesto de tres partes.

La creación del hombre


«Entonces Jehová Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Gn. 2:7). Cuando Dios creó al hombre en el principio lo formó con el polvo de la tierra, y luego sopló «el aliento de vida» en su nariz. En cuanto el aliento de vida, que se convirtió en el espíritu del hombre, entró en contacto con el cuerpo del hombre, tuvo origen el alma. De ahí que el alma es la combinación del cuerpo y el espíritu del hombre. Por eso la Biblia llama al hombre «una alma viviente». El aliento de vida se convirtió en el espíritu del hombre, es decir, el principio de vida en él. El Señor Jesús nos dice que «es el espíritu el que da vida» (Jn. 6:63). Este aliento de vida viene del Señor de la Creación. Sin embargo, no debemos confundir el espíritu del hombre con el Espíritu Santo de Dios. Este difiere de nuestro espíritu humano. Romanos 8:16 explica su diferencia al afirmar que «el Espíritu mismo da juntamente testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios». El original de la palabra «vida» en «aliento de vida» es chay y está en plural. Esto puede referirse al hecho de que el soplar realizado por Dios produjo una vida doble, anímica y espiritual. Cuando el aliento de Dios entró en el cuerpo del hombre se convirtió en el espíritu del hombre, pero cuando el espíritu reaccionó con el cuerpo se creó el alma. Esto explica el origen de nuestras vidas espiritual y anímica. Debemos reconocer, sin embargo, que este espíritu no es la propia vida de Dios, porque «el aliento del Todopoderoso me da vida» (Job 33:4). No es la entrada en el hombre de la vida increada de Dios, como tampoco es la vida de Dios que recibimos en la regeneración. Lo que recibimos en el nuevo nacimiento es la propia vida de Dios simbolizada por el árbol de la vida. Pero nuestro espíritu humano, aunque existe permanentemente, está vacío de «vida eterna». «Formó al hombre del polvo de la tierra» se refiere al cuerpo del hombre; «sopló en su nariz el aliento de vida» se refiere al espíritu del hombre al venir de Dios; y «el hombre se convirtió en un alma viviente» se refiere al alma del hombre cuando el cuerpo fue avivado por el espíritu y convertido en un hombre vivo y consciente de sí mismo. Un hombre completo es una trinidad: el compuesto de espíritu, alma y cuerpo. Según Génesis 2:7, el hombre fue hecho de sólo dos elementos independientes, el corporal y el espiritual. Pero cuando Dios puso el espíritu dentro del armazón de tierra se creó el alma. El espíritu del hombre, al entrar en contacto con el cuerpo muerto, produjo el alma. El cuerpo separado del espíritu estaba muerto, pero con el espíritu el hombre recibió la vida. El órgano así vivificado fue llamado alma.

«El hombre se convirtió en un alma viviente» expresa, no meramente el hecho de que la combinación de espíritu y cuerpo produjo el alma, también sugiere que el espíritu y el cuerpo fueron totalmente fusionados en esta alma. En otras palabras, el alma y el cuerpo se combinaron con el espíritu, y el espíritu y el cuerpo se fusionaron en el alma. Adán, «antes de la caída no sabía nada de estas incesantes luchas del espíritu y la carne que son ya algo cotidiano para nosotros. Había una perfecta mezcla de sus tres naturalezas en una, y el alma, como medio unificador, se convirtió en la causa de su individualidad, de su existencia como ser distinto» (Earth's Earliest Age, de Pember). El hombre fue diseñado como alma viviente porque era allí donde el espíritu y el cuerpo se encontraron y es a través de ella que se conoce su individualidad. Quizá podríamos usar una ilustración imperfecta: echad unas gotas de tinte en un vaso de agua. El tinte y el agua se combinarán produciendo una tercera substancia llamada tinta. De igual manera los dos elementos independientes del espíritu y el cuerpo se combinan para convertirse en un alma humana. (La analogía falla en que el alma producida por la combinación del espíritu y el cuerpo se convierte en un elemento independiente e indisoluble como lo son el espíritu y el cuerpo.)

Dios consideró el alma humana como algo único. Como los ángeles fueron creados como espíritus, el hombre fue creado de manera predominante como alma viviente. El hombre no sólo tenía un cuerpo, un cuerpo con el aliento de vida; también se convirtió en un alma viviente. Por eso veremos más adelante en la Biblia que Dios a menudo se refiere a los hombres como «almas». ¿Por qué? Porque lo que es el hombre depende de cómo es su alma. Su alma le representa y expresa su individualidad. Es el órgano de la libre voluntad del hombre, el órgano en el cual el espíritu y el cuerpo están totalmente fusionados. Si el alma del hombre quiere obedecer a Dios, permitirá que el espíritu gobierne al nombre según lo ordenado por Dios. El alma, si lo decide, también puede reprimir al espíritu y tomar algún placer como señor del hombre. Se puede ilustrar en parte esta trinidad de espíritu, alma y cuerpo con una bombilla eléctrica. Dentro de la bombilla, que puede representar al conjunto del hombre, hay electricidad, luz y alambre. El espíritu es como la electricidad, el alma es la luz y el cuerpo es el alambre. La electricidad es la causa de la luz, mientras que la luz es el efecto de la electricidad. El alambre es la substancia material para transportar la electricidad, así como para manifestar la luz. La combinación del espíritu y el cuerpo produce el alma, que es única del hombre. De la manera que la electricidad, transportada por el alambre, es expresada en la luz, así también el espíritu actúa sobre el alma, y el alma a su vez se expresa por medio del cuerpo.

Sin embargo, debemos recordar bien que mientras el alma es el punto de encuentro de los elementos de nuestro ser en esta vida presente, el espíritu será el poder dominante en nuestro estado de resurrección. Porque la Biblia nos dice: «Se siembra cuerpo natural, resucitará cuerpo espiritual. Hay un cuerpo natural, y hay un cuerpo espiritual» (1 Co. 15:44). Sin embargo, aquí hay un punto vital: los que hemos sido unidos al Señor resucitado podemos conseguir incluso ahora que nuestro espíritu gobierne todo nuestro ser. No estamos unidos al primer Adán, que fue hecho un alma viviente, sino al último Adán, que es un espíritu vivificante («o que da vida») (v. 45).


Las funciones respectivas del espíritu, el alma y el cuerpo

Es por medio del cuerpo que el hombre entra en contacto con el mundo material. De aquí que podamos calificar al cuerpo como la parte que nos hace conscientes del mundo. El alma está formada por el intelecto, que nos ayuda en el presente estado de existencia, y las emociones, que proceden de los sentidos. Puesto que el alma pertenece al propio yo del hombre y revela su personalidad, se le llama la parte que tiene consciencia de uno mismo. El espíritu es la parte mediante la cual nos comunicamos con Dios, y sólo por ella podemos percibir y adorar a Dios. Como nos habla de nuestra relación con Dios, al espíritu se le llama el elemento que tiene consciencia de Dios. Dios vive en el espíritu, el yo vive en el alma, mientras que los sentidos viven en el cuerpo.

Como ya hemos mencionado, el alma es el punto de encuentro del espíritu y el cuerpo, porque allí están los dos fusionados. Mediante su espíritu el hombre mantiene relación con el mundo espiritual y con el Espíritu de Dios, recibiendo y expresando ambos el poder y la vida del mundo espiritual. El hombre está en contacto con el mundo externo sensual a través de su cuerpo, influenciándolo y recibiendo sus influencias. El alma se encuentra entre estos dos mundos, aunque pertenece a ambos. Está ligada al mundo espiritual a través del espíritu, y al mundo material a través del cuerpo. También posee el poder de la libre voluntad y por eso puede escoger entre sus influencias ambientales. El espíritu no puede actuar directamente sobre el cuerpo. Necesita un medio, y ese medio es el alma creada por el contacto del espíritu con el cuerpo. Así pues, el alma se encuentra entre el espíritu y el cuerpo, manteniéndolos unidos. El espíritu puede someter al cuerpo a través del alma para que obedezca a Dios. De la misma manera el cuerpo, mediante el alma, puede atraer al espíritu a amar al mundo.

De estos tres elementos el espíritu es el más noble porque está unido a Dios. El cuerpo es el más humilde porque está en contacto con la materia. El alma, al estar entre ellos, los une y también toma el carácter de ambos y lo hace suyo. El alma posibilita que el espíritu y el cuerpo se comuniquen y colaboren. El trabajo del alma es mantener a estos dos en su lugar adecuado para que no pierdan su correcta relación: es decir, que el más humilde, el cuerpo, pueda estar sujeto al espíritu, y que el más elevado, el espíritu, pueda gobernar al cuerpo por medio del alma. El factor fundamental del hombre es, sin duda alguna, el alma. Está pendiente de que el espíritu le dé lo que éste ha recibido del Espíritu Santo y, así, después de haber sido perfeccionada, poder transmitir al cuerpo lo que ha recibido. Entonces el cuerpo también puede compartir la perfección del Espíritu Santo y convertirse así en un cuerpo espiritual.

El espíritu es la parte más noble del hombre y ocupa el área más profunda de su ser. El cuerpo es la más humilde y toma el lugar más exterior. Entre estos dos vive el alma, sirviendo como su medio. El cuerpo es la cubierta externa del alma, mientras que el alma es el envoltorio externo del espíritu. El espíritu transmite su pensamiento al alma y el alma utiliza al cuerpo para obedecer la orden del espíritu. Éste es el significado del alma como medio. Antes de la caída del nombre el espíritu controlaba iodo el ser por medio del alma.

El poder del alma es el más importante, puesto que el espíritu y el cuerpo están fusionados allí y la tienen como sede de la personalidad e influencia del hombre. Antes de que el hombre pecase el poder del alma estaba por completo bajo el dominio del espíritu. En consecuencia, su fuerza era la fuerza del espíritu. El espíritu no puede actuar sobre el cuerpo por sí Husmo, sólo hacerlo a través del medio del alma. Esto podemos verlo en Lucas 1:46, 47: «Y dijo María: Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu ha saltado de gozo en Dios mi Salvador.» -Aquí el cambio del tiempo verbal muestra que primero el espíritu produjo gozo en Dios, y entonces, comunicándose con el alma, hizo que expresase el sentimiento por medio del órgano corporal» (Earth'sEarliest Age, de Pember). Lo repito: el alma es la sede de la personalidad. La voluntad, intelecto y emociones del hombre están allí. Mientras que el espíritu es usado para comunicar con el mundo espiritual y el cuerpo con el natural, el alma se mantiene entre ambos y utiliza su poder para discernir y decidir si debe predominar el mundo espiritual o el natural. Algunas veces también la misma alma toma el control del hombre por medio de su intelecto, creando de esta manera un mundo de ideas que predomina. Para que el espíritu gobierne, el alma tiene que dar su consentimiento, pues de otro modo el espíritu es incapaz de regular al alma y al cuerpo. Pero esta decisión es cosa del alma, porque en ella es donde reside la personalidad del hombre.

Verdaderamente, el alma es el eje de todo el ser, porque la voluntad del hombre le pertenece. Únicamente cuando el alma está dispuesta a asumir una posición humilde puede el espíritu dirigir a todo el hombre. Si el alma se niega a tomar esta posición el espíritu quedará impotente. Esto explica el significado de la libre voluntad del hombre. El hombre no es un autómata que se mueve según Dios quiera. Al contrario, el hombre posee un total poder soberano para decidir por sí mismo. Posee el órgano de su propia capacidad volitiva y puede escoger seguir la voluntad de Dios u oponérsele y seguir la voluntad de Satanás. Dios desea que el espíritu, al ser la parte más noble del hombre, controle todo el ser. Sin embargo, la voluntad —la parte crucial de la individualidad— pertenece al alma. Es la voluntad la que determina si debe gobernar el espíritu, el cuerpo o incluso ella misma. En vista del hecho de que el alma posee semejante poder y que es el órgano de la individualidad del hombre, la Biblia llama al hombre «alma viviente». El templo santo y el hombre

El apóstol Pablo escribe: «¿No sabéis que sois santuario de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios, el cual sois vosotros, es sagrado» (1 Co. 3:16, 17). Ha recibido revelación para comparar al hombre con el templo. De la manera que antes Dios vivía en el templo, ahora el Espíritu Santo vive en el hombre. Comparándole con el templo podemos ver cómo se manifiestan claramente los tres elementos del hombre.

Sabemos que el templo está dividido en tres partes. La primera es el patio exterior, que todos pueden ver y visitar. Aquí se ofrece toda la adoración externa. Más adelante está el Lugar Santo, en el que sólo pueden entrar los sacerdotes y donde se ofrece a Dios aceite, incienso y pan. Están muy cerca de Dios, pero aún les falta porque están todavía fuera del velo y, en consecuencia, no pueden estar ante su misma presencia. Dios reside en lo más profundo, en el Lugar Santísimo, donde la oscuridad queda eclipsada por la luz brillante y donde ningún hombre puede entrar. Aunque el Sumo Sacerdote lo hace una vez al año, esto indica, no obstante, que hasta que el velo no sea desgarrado no puede haber ningún hombre en el Lugar Santísimo.

El hombre también es el templo de Dios y también tiene tres partes. El cuerpo es como el patio exterior, y ocupa una posición externa con su vida visible para todos. Aquí el hombre debería obedecer toda orden de Dios. Aquí el Hijo de Dios sirve como sustituto y muere por la humanidad. Dentro está el alma del hombre, que constituye la vida interior del hombre y abarca la emoción, la voluntad y el pensamiento. Así es el Lugar Santo de una persona regenerada, porque su amor, voluntad y pensamiento están plenamente iluminados para que puedan servir a Dios como lo hacía el sacerdote en la antigüedad. En la parte más interna, detrás del velo, está el Lugar Santísimo, en el que no ha penetrado jamás ninguna luz humana y que ningún ojo ha visto. Es el «lugar secreto del Altísimo», el lugar donde vive Dios. El hombre no tiene entrada allí a menos que Dios esté dispuesto a desgarrar el velo. Es el espíritu del hombre. El espíritu se encuentra más allá de la consciencia del hombre y por encima de su sensibilidad. Aquí el hombre se une y se comunica con Dios.

No hay lámpara o luz alguna en el Lugar Santísimo, porque Dios vive allí. En el Lugar Santo hay el candelabro de siete brazos. Y el patio exterior recibe la luz del día. Todos éstos sirven de imágenes y sombras para una persona regenerada. Su espíritu es como el Lugar Santísimo, donde vive Dios, donde todo se hace por fe, más allá de la vista, sentido o comprensión del creyente. El alma se parece al Lugar Santo en que está abundantemente iluminado con muchos pensamientos y preceptos racionales, mucho conocimiento y comprensión sobre las cosas del mundo material y el de las ideas. El cuerpo es comparable al patio exterior, claramente visible para todos. Las acciones del cuerpo las pueden ver todos.

El orden que Dios nos presenta es inequívoco: «vuestro espíritu y alma y cuerpo» (1 Ts. 5:23). No es «alma y espíritu y cuerpo», ni tampoco es «cuerpo y alma y espíritu». El espíritu es la parte preeminente y por eso se menciona en primer lugar. El cuerpo es la más humilde y en consecuencia es mencionada al final. Y el alma está en medio y por eso se la menciona entre las otras dos. Habiendo visto ahora el orden de Dios, podemos apreciar la sabiduría de la Biblia al comparar al hombre con un templo. Podemos reconocer la perfecta armonía que existe, entre el templo y el hombre en cuanto al orden y al valor. El servicio del templo funciona según la revelación en el Lugar Santísimo. Todas las actividades del Lugar Santo y del patio exterior están reguladas por la presencia de Dios en el Lugar Santísimo. Éste es el sitio más sagrado, el lugar en el que convergen y se apoyan las cuatro esquinas del templo. Nos puede parecer que en el Lugar Santísimo no se hace nada porque está completamente a oscuras. Todas las actividades se realizan en el Lugar Santo, e incluso las actividades del patio exterior las controlan los sacerdotes del Lugar Santo. Sin embargo, todas las actividades del Lugar Santo en realidad son dirigidas por la revelación en el absoluto silencio y paz del Lugar Santísimo.

No es difícil percibir la aplicación espiritual de esto. El alma, el órgano de nuestra personalidad, se compone de pensamiento, voluntad y emoción. Parece como si el alma fuera el director de todas las acciones, porque el cuerpo sigue su dirección. Antes de la caída del hombre, sin embargo, a pesar de sus muchas actividades, el alma era gobernada por el espíritu. Y éste es el orden que Dios quiere todavía: primero el espíritu, después el alma, y finalmente el cuerpo.

lunes, 30 de junio de 2014

El juicio del Calvario

El juicio del Calvario
Por Watchman Nee
 

La muerte entró en el mundo por medio de la caída del hombre. Aquí se hace referencia a la muerte espiritual que separa al hombre de Dios. Entró por medio del pecado al principio y ha seguido haciéndolo desde entonces. La muerte siempre llega a través del pecado. Fijémonos en lo que nos dice Romanos 5:12 sobre este asunto. En primer lugar, que «el pecado entró en el mundo por medio de un hombre». Adán pecó e introdujo el pecado en el mundo. Segundo, que «la muerte (entró en el mundo) a través del pecado». La muerte es el resultado invariable del pecado. Y, finalmente, que como consecuencia «la muerte se extendió a todos los hombres porque todos los hombres pecaron». La muerte no «se extendió a» o «pasó a» los hombres simplemente, sino que literalmente «pasó por todos los hombres». La muerte ha impregnado el espíritu, el alma y el cuerpo de todos los hombres. No hay ninguna parte de un ser humano por la que no haya pasado.

Por eso es indispensable que el hombre reciba la vida de Dios. La salvación no puede llegar por una reforma humana porque «la muerte» es irreparable. El pecado tiene que ser juzgado antes de que pueda haber rescate de la muerte para los hombres. Esto es exactamente lo que ha hecho la salvación del Señor Jesús.

El hombre que peca debe morir. Esto está anunciado en la Biblia. Ningún animal ni ningún ángel pueden sufrir el castigo del pecado en lugar del hombre. Es la naturaleza del hombre la que peca, por eso es el hombre el que debe morir. Sólo lo humano puede expiar por la humano. Pero como el pecado está en su humanidad, la muerte del mismo hombre no puede expiar por su pecado. El Señor Jesús vino a tomar la naturaleza del hombre para poder ser juzgado El en lugar de la humanidad. No corrompida por el pecado, su santa naturaleza humana pudo de este modo expiar por la humanidad pecadora por medio de la muerte. Murió como sustituto, sufrió todo el castigo del pecado y ofreció su vida como rescate por muchos. Como consecuencia, todo el que cree en Él ya no será juzgado (Jn. 5:24).

Cuando el Verbo se hizo carne, El llevaba consigo a toda carne. Así como la acción de un hombre, Adán, representa la acción de toda la humanidad, la obra de un hombre, Cristo, representa la obra de todos. Tenemos que ver lo completa que es la obra de Cristo antes de poder comprender lo que es la redención. ¿Por qué el pecado de un hombre, Adán, es juzgado como el pecado de todos los hombres pasados y presentes? Adán es la cabeza de la humanidad de la que han venido al mundo todos los demás hombres. De una forma similar, la obediencia de un hombre, Cristo, se hace justicia de muchos, pasados y presentes, puesto que Cristo constituye la cabeza de una nueva humanidad originada por un nuevo nacimiento.

Hebreos 7 puede ilustrar este punto. Para demostrar que el sacerdocio de Melquisedec es mayor que el sacerdocio de Leví, el escritor recuerda a sus lectores que una vez Abraham ofreció un diezmo a Melquisedec y recibió una"bendición de él y por eso concluye que la bendición y la ofrenda del diezmo de Abraham eran de Leví. ¿Cómo? Porque él (Leví) aún estaba en los lomos de su antepasado (Abraham) cuando Melquisedec le conoció» (v. 10). Sabemos que Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob y Jacob a Leví. Leví era el bisnieto de Abraham. Cuando Abraham ofreció el diezmo y recibió una bendición, Leví aún no había nacido, ni siquiera su padre ni su abuelo. No obstante, la Biblia considera que el diezmo y la bendición son de Leví. Puesto que Abraham es inferior a Melquisedec, Leví también es de menor importancia que Melquisedec. Este hecho puede ayudáronos a comprender por qué se interpreta el pecado de Adán como pecado de todos los hombres y por qué se considera la sentencia hecha sobre Cristo como sentencia sobre todos. Es simplemente porque cuando Adán pecó todos los hombres estaban en sus lomos. De la misma manera, cuando Cristo fue juzgado, todos los que serán regenerados estaban presentes en Cristo. Por eso se considera la sentencia de Cristo como la sentencia de ellos, y todos los que han creído en Cristo ya no serán juzgados.

Como la humanidad tiene que ser juzgada, el Hijo de Dios —el hombre Jesucristo— sufrió en su espíritu, alma y cuerpo sobre la cruz por los pecados del mundo.

Examinemos primero sus sufrimientos físicos. El hombre peca por medio de su cuerpo, y en éste disfruta el placer temporal del pecado. En consecuencia, el cuerpo tiene que ser el destinatario del castigo. ¿Quién puede sondear los sufrimien-tos físicos del Señor Jesús en la cruz? ¿Acaso los sufrimientos de Cristo en el cuerpo no están claramente predichos en los textos mesiánicos? «Me han traspasado las manos y los pies» (Sal. 22:16). El profeta Zacarías llamó la atención sobre «el que ha sido traspasado» (12:10). Sus manos, sus pies, su frente, su costado, su corazón, todos fueron traspasados por los hombres, traspasados por la humanidad pecadora y traspasados para la humanidad pecadora. Muchas fueron sus heridas y mucho le subió la fiebre, porque con el peso de todo su cuerpo colgando en la cruz sin ningún apoyo su sangre no podía circular libremente. Pasó mucha sed y por eso gritó: «La lengua se me pega a la boca.» «Como tenía sed me dieron vinagre para beber» (Sal. 22:15; 69:21). Las manos tienen que ser clavadas porque se van tras el pecado. La boca tiene que sufrir porque se complace en pecar. Los pies tienen que ser traspasados porque pecan a gusto. La frente tiene que ser coronada con una corona de espinas porque también quiere pecar. Todo lo que el cuerpo humano tenía que sufrir se cumplió en su cuerpo. De esta manera sufrió físicamente hasta la muerte. Estaba en su mano librarse de estos sufrimientos, pero voluntariamente ofreció su cuerpo para soportar todas las insondables pruebas y dolores sin acobardarse ni un momento hasta que supo que «ya todo estaba consumado» (Jn. 19:28). Sólo entonces entregó su espíritu.

No sólo su cuerpo; también sufrió su alma. El alma es el órgano de la consciencia de uno mismo. Antes de ser crucificado, a Cristo le dieron vino mezclado con mirra como calmante para mitigar el dolor, pero Él lo rechazó porque no estaba dispuesto a aceptar ningún sedante sino a ser plenamente consciente del sufrimiento. Las almas humanas han disfrutado plenamente del placer de los pecados; por consiguiente, Jesús iba a soportar en su alma el dolor de estos pecados. Prefirió beber la copa que le dio Dios que la copa que le obnubilaría su consciencia.

¡Qué vergonzoso era el castigo de la cruz! Se utilizaba para ejecutar a los esclavos huidos. Un esclavo no tenía propiedades ni derechos. Su cuerpo pertenecía a su dueño, y en consecuencia podía ser castigado con la cruz más vergonzosa. El Señor Jesús tomó el lugar de un esclavo y fue crucificado. Isaías le llamó «el siervo», y Pablo dijo que tomó la forma de un esclavo. Sí, vino como un esclavo a rescatarnos a los que estamos bajo la esclavitud perpetua del pecado y de Satanás. Somos esclavos de la pasión, del temperamento, de las costumbres y del mundo. Estamos a merced del pecado. Sin embargo, El murió por nuestra esclavitud y cargó con todo nuestro oprobio.

La Biblia deja constancia de que los soldados se quedaron la ropa del Señor Jesús (Jn. 19:23). Estaba casi desnudo cuando le crucificaron. Ésta es una de las vergüenzas de la cruz. El pecado nos quita nuestro vestido radiante y nos deja desnudos. Nuestro Señor fue desnudado ante Pilato y luego de nuevo en el Calvario. ¿Cómo reaccionó su santa alma ante semejante maltrato? ¿Acaso no era un insulto a la santidad de su personalidad y una vergüenza? ¿Quién puede sondear sus sentimientos en aquel trágico momento? Como todos los hombres habían disfrutado de la gloria aparente del pecado, el Salvador tenía que soportar la auténtica vergüenza del pecado. Verdaderamente «Tú (Dios) me has cubierto de vergüenza... con la cual mis enemigos se burlan, oh Señor, ridiculizan los pasos de tus ungidos»; aun así «soportó la cruz, despreciando la vergüenza» (Sal. 89:45, 51; He. 12:2).

Nadie podrá jamás constatar lo mucho que sufrió el alma del Salvador en la cruz. Contemplamos a menudo sus sufrimientos físicos, pero pasamos por alto los sentimientos de su alma. Una semana antes de Pascua se le oyó decir: «Ahora mi alma está turbada» (Jn. 12:27). Esto señala a la cruz. En el Jardín de Getsemaní se le oyó de nuevo decir: «Mi alma está muy afligida, hasta la muerte» (Mt. 26:38). Si no fuera por estas palabras apenas podríamos pensar que su alma había sufrido. Isaías 53 menciona tres veces que su alma fue ofrecida por el pecado, que su alma sufrió y que derramó su alma hasta la muerte (w. 10-12). Puesto que Jesús soportó la maldición y la vergüenza de la cruz, el que cree en Él ya no será maldito ni avergonzado.

Su espíritu también sufrió terriblemente. El espíritu es la parte del hombre que le equipa para comunicarse íntimamente con Dios. El Hijo de Dios era santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores. Su espíritu estaba unido al Espíritu Santo en perfecta unidad. Nunca tuvo su espíritu un momento de perturbación ni de duda, porque siempre tuvo la presencia de Dios con Él. Jesús dijo: «No soy yo solo, sino yo y el que me envió... Y el que me envió está conmigo» (Jn. 8:16, 29). Por eso pudo orar: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Sé que siempre me escuchas» (Jn. 11:41,42). Mientras colgaba de la cruz —y si hubo algún día que el Hijo de Dios necesitase desesperadamente la presencia de Dios debe haber sido ese día— gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt. 27:46). Su espíritu estaba separado de Dios. ¡Qué intensamente sintió la soledad, el abandono, la separación! El Hijo aún estaba cediendo, el Hijo aún estaba obedeciendo la voluntad del Padre-Dios; sin embargo, el Hijo había sido abandonado: no por causa de Él, sino por causa de los demás.

El pecado afecta muy profundamente al espíritu y, por consiguiente, aunque el Hijo de Dios era santo, tenía que ser arrancado del Padre porque llevaba el pecado de los demás. Es cierto que desde los incontables días de la eternidad «yo y el Padre somos uno» (Jn. 10:30). Incluso durante su estancia en la tierra eso siguió siendo cierto, porque su humanidad no podía ser una causa de separación de Dios. Sólo el pecado podía separarlos, aunque ese pecado sea de los demás. Jesús sufrió esta separación espiritual por nosotros para que nuestro espíritu pudiera volver a Dios.

Al contemplar la muerte de Lázaro, quizá Jesús estaba pensando en su propia muerte cercana y por eso «estaba profundamente conmovido en espíritu y preocupado» (Jn. 11:33). Al anunciar que sería traicionado y que moriría en la cruz estaba otra vez «inquieto en espíritu» (Jn. 13:21). Esto nos explica por qué cuando recibió la sentencia de Dios en el Calvario gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Porque: «Pienso en Dios, y gimo; medito, y mi espíritu se desmaya» (Mt. 27:46, citando Sal. 22:1; Sal. 77:3). Se le privó del poderoso fortalecimiento del Espíritu Santo en su espíritu (Ef. 3:16) porque su espíritu había sido arrancado del Espíritu de Dios. Por eso suspiró: «Me derramo con el agua, y todos mis huesos están descoyuntados; mi corazón es como cera, se ha derretido en mi pecho; mi fuerza se ha secado como el serrín y la lengua se me pega a la boca; me has dejado en el polvo de la muerte» (Sal. 22:14,15).

Por un lado, el Espíritu Santo de Dios le abandonó. Por el otro, el espíritu diabólico de Satanás le ridiculizó. Parece que el Salmo 22:11-13 se refiere a esta fase: «No te alejes de mí... no hay nadie que me ayude. Me rodean muchos toros, fuertes toros de Basan me cercan; abrieron la boca sobre mí, como un león salvaje y rugiente.»

Por un lado su espíritu soportó el abandono de Dios y por el otro resistió la burla del espíritu diabólico. El espíritu humano del hombre se ha separado tanto de Dios, exaltándose a sí mismo y siguiendo el espíritu diabólico, que el espíritu del hombre tiene que ser quebrantado del todo para que no pueda seguir oponiéndose a Dios y estando aliado con el enemigo. Él Señor Jesús se hizo pecado por nosotros en la cruz. Su santa humanidad interior fue completamente aniquilada al juzgar Dios a la humanidad impía. Abandonado por Dios, Cristo sufrió, pues, el más amargo dolor del pecado, soportando en la oscuridad la ira castigadora de Dios sobre el pecado sin el apoyo del amor de Dios o la luz de su rostro. Ser abandonado por Dios es la consecuencia del pecado. •

Ahora nuestra humanidad pecadora ha sido juzgada totalmente porque fue juzgada en la humanidad sin pecado del Señor Jesús. En El la humanidad santa ha ganado su victoria. Toda sentencia sobre el cuerpo, el alma y el espíritu de los pecadores ha sido arrojada sobre Él. Él es nuestro representante. Por fe estamos unidos a El. Su muerte es considerada como nuestra muerte, y su sentencia como nuestra sentencia. Nuestro espíritu, alma y cuerpo han sido juzgados y castigados en Él. Sería lo mismo que si hubiésemos sido castigados en persona. «Así pues, ahora no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1).

Esto es lo que Él ha hecho por nosotros y ésta es ahora nuestra posición ante Dios. «Porque el que ha muerto está libre del pecado» (Ro. 6:7). Nuestra posición real es que ya hemos muerto en el Señor Jesús, y ahora sólo falta que el Espíritu Santo traslade este hecho a nuestra experiencia. La cruz es donde el pecador —su espíritu, alma y cuerpo— es juzgado. Es por medio de la muerte y la resurrección del Señor que el Espíritu Santo de Dios puede transmitirnos la naturaleza de Dios. La cruz ostenta el juicio del pecador, proclama la ausencia de valor del pecador, crucifica al pecador y proporciona la vida del Señor Jesús. Desde entonces, cualquiera que acepta la cruz nacerá de nuevo por el Espíritu Santo y recibirá la vida del Señor Jesús.

sábado, 19 de abril de 2014

Cómo conocer la voluntad de Dios

Cómo conocer la voluntad de Dios
Por: Watchman Nee


INTERESA LA PERSONA, NO LA TÉCNICA

Los hijos de Dios pueden y deben conocer la voluntad de Dios. El conocimiento de la voluntad de Dios se relaciona con la persona; y no tiene nada que ver con la técnica. Cuando el Señor atrae a los hombres, a algunos los atrae por medio de su intelecto, a otros les conmueve sus emociones y aún a otros por medio de su voluntad. Por lo general, la voluntad es el medio que Dios menos utiliza para atraer a los hombres. Muchos aman las verdades de la Biblia. Desean conocer más de estas verdades y esperan que otros puedan ser edificados con ellas. Pasan horas estudiando la Biblia y son versados en estudios bíblicos. Cuando no pueden interpretar un pasaje, se sienten frustrados. Cuando creen que pueden interpretar un pasaje, se alegran. Tales personas sólo se acercan a la Biblia con su mente. No llevan necesariamente una vida cristiana apropiada. Hay que admitir que es difícil llevar una vida cristiana auténtica sin usar la mente. Pero aquellos que sólo tienen una comprensión intelectual de las doctrinas, no experimentan la vida cristiana que apropiada.Hay otro grupo de personas que no son tan brillantes; no son muy versadas, pero tienen mucho celo. Ríen y lloran con gran facilidad. Tienen sus emociones a flor de piel. Cuando tocan la Biblia, son conmovidas fácilmente. Laboran solamente cuando sienten que algo arde en su interior. En su celo, les predican a todos los que se encuentran y no se detienen ni aunque queden afónicos. A dondequiera que van, llevan consigo un aire de emotividad, pero cuando su celo se desvanece, ni siquiera diez personas lograrían hacerlos mover un solo centímetro. Tales personas tienen un alma fuerte. Pueden avivarse fácilmente, y pueden avivar a muchos cuando sus corazones están ardiendo. Pueden llorar o reír con otros, pero cuando baja la ola de sus emociones, no pueden llevar a nadie al Señor. Tocan a otros con su emotividad. Cuando se encuentran avivados, tienen un buen concepto de sí mismos, pero cuando se enfrían, nada hará que los haga emprender algo. Tales cristianos no son útiles al Señor.Supongamos que un hombre tiene una mente despejada delante del Señor, unas emociones equilibradas, un buen conocimiento de la Biblia, y celo por servir a otros. Todas estas cosas son maravillosas, pero si el Señor nunca ha tocado su persona, no puede servir debidamente a Dios. Necesita que Dios toque su voluntad. Si el espíritu de un hombre está muerto delante del Señor, tal individuo es inútil para Dios; su espíritu necesita ser regenerado. Damos gracias al Señor, porque nuestro espíritu ha sido renovado y regenerado. Este espíritu es nuestro hombre interior. Todo creyente ha recibido la vida de Dios en su espíritu. El mismo Espíritu que habitó en Pablo también habita en un hermano débil. Si somos del Señor, la nueva creación que tenemos en nuestro espíritu será la misma que en los demás, pues Dios no hace acepción de personas. Sin embargo, cuando el hombre interior expresa la vida del Señor, pueden verse grandes diferencias, las cuales se relacionan con la constitución natural del hombre. La mente, la parte emotiva y la voluntad, son las facultades naturales del hombre, mientras que el Espíritu Santo, quien mora en su interior, y su espíritu regenerado, han venido a ser el hombre nuevo, el hombre interior. Sin embargo, la persona aún tiene un hombre exterior, el hombre viejo, el hombre natural. El hombre exterior se relaciona con el pecado. Al hombre viejo se le puso fin en la cruz, pero la vida de la vieja creación aún permanece. Puesto que el hombre interior sólo puede expresarse por medio del hombre exterior, las expresiones y manifestaciones son diferentes en distintas personas. La vida interior se ve estorbada por el hombre exterior. Por lo tanto, el hombre exterior debe llegar a su fin. De no ser así, siempre habrá obstáculos que impedirán que el hombre sirva al Señor.

DIOS PONE FIN AL HOMBRE EXTERIOR

A fin de que la persona salva y regenerada pueda expresar la vida del Señor, necesita dar dos pasos. El primero es creer, que consiste en recibir la vida nueva, y el segundo, es consagrarse, que consiste en entregar al Señor su hombre exterior para que la vida nueva se exprese. Es como tener una casa rodeada por un terreno. Podemos pensar que la casa es el hombre interior, y que el terreno que la rodea es el hombre exterior. Si la casa pertenece a una persona, y el terreno a otra, habrá problemas. Por consiguiente, tan pronto como un hombre cree, debe consagrar su vida al Señor. La consagración consiste en entregar nuestro hombre exterior al Señor, para que le pertenezca a Él, de la misma forma que el hombre interior. Muchos creyentes no se han definido todavía. Cuando se les pregunta si son salvos, dicen que sí. Pero a pesar de que son salvos, su hombre exterior nunca ha sido tocado. La vida interior que tienen está limitada al no poder expresarse. Por consiguiente, no debemos simplemente creer en el Señor y quedarnos en la etapa de ser salvos y regenerados. También debemos consagrar nuestro hombre exterior al Señor. Si un hombre está dispuesto a consagrar al Señor su mente, su parte afectiva y su voluntad, expresará la vida del Señor.El problema que vemos hoy, es que aunque muchos se han consagrado, lo hacen a su propio antojo. Se consagran sólo cuando quieren hacerlo, y cuando no quieren, no lo hacen. La mayoría de las personas son guiadas por su intelecto y sus emociones, y su interés fundamental es satisfacer su propia carne. Muchos se comunican con el Señor valiéndose de su mente y de sus emociones. Son pocos los que se comunican con El usando su voluntad. Es fácil encontrar creyentes que valoran las doctrinas de la Biblia. Si les explican bien Mateo 24 o Apocalipsis, se complacen en escuchar tales mensajes. No se requiere mucho esfuerzo para escuchar un mensaje que no nos exige pagar ningún precio. Después de escuchar un buen mensaje, regresan contentos a casa, pero no sucede nada más. Otros tienen emociones sensibles. Siempre están activos trabajando para el Señor. Estos son mejores que los que son insensibles, pero son tan inestables como las olas del mar. Quizás ellos preparen un mensaje con mucho celo. Después de compartir el mensaje, es posible que piensen secretamente en su corazón cuan bueno fue su mensaje y cuántos fueron conmovidos. Quizás estén tan gozosos que no puedan dormir en toda la noche. (Muchas personas no pueden dormir por causa del dolor, pero éstos no pueden dormir por causa del gozo). Estas personas se complacen con las actividades de la carne. Aunque estén sirviendo al Señor exteriormente, en realidad se satisfacen a sí mismas. No han entregado su voluntad plenamente al Señor. Deben consagrar su voluntad incondicionalmente al Señor y ser disciplinadas por El. Antes de ofrecer algún servicio válido al Señor, deben permitirle que guíe su mente y su parte emotiva, a fin de no ser gobernadas por una mente activa ni ser impulsadas por sus emociones.

REQUISITOS PARA CONOCER LA VOLUNTAD DE DIOS

No me agrada oír cuando la gente pregunta cómo conocer la voluntad de Dios. Todos nosotros ya deberíamos tener una respuesta clara al respecto. La voluntad de Dios sólo es revelada a quienes han consagrado su voluntad a Él. El no nos obliga a hacer nada, pues siempre espera que nosotros estemos dispuestos. No es tan importante conocer la voluntad de Dios como estar dispuestos a hacerla. Tenemos que decirle al Señor: "No se haga mi voluntad, sino la Tuya". Cuando pongamos a un lado nuestro yo, conoceremos la voluntad de Dios. Una vez en una reunión de hermanas en Hangchow, dos hermanas me preguntaron si la voluntad de Dios se basaba en las circunstancias, en la Biblia o en otros principios. Al escuchar esto, me afligí mucho, y les respondí de una manera severa (aunque en mi corazón no había dureza): "Conocer la voluntad de Dios no es un asunto de métodos. Ustedes pueden tener los mejores métodos, y aplicarlos en detalle, paso a paso, pero aún seguirán sin conocer la voluntad de Dios". Mientras hablaba, mis ojos estaban fijos en las dos hermanas. Entonces les pregunté: "¿Qué clase de personas son ustedes? El conocimiento que una persona tenga de la voluntad de Dios tiene que ver con la persona misma. Si la persona no es recta, el método no producirá ningún resultado. ¿Puede Dios revelar Su voluntad a personas como ustedes? No necesitan hacer muchas preguntas, no necesitan pedirle métodos a Dios. Dios puede revelar Su voluntad de muchas formas; puede revelarla por medio del viento, del trueno, de un niño o de una burra. Sólo necesitan preguntarse si personas como ustedes son aptas para conocer la voluntad de Dios".En Génesis 18, cuando Dios estaba a punto de destruir la ciudad de Sodoma, fue a ver a Abraham, porque no podía ocultarle lo que iba a hacer. Abraham era amigo de Dios (Jac. [Stg.] 2:23). El no era un esclavo de Dios, porque el esclavo no sabe lo que hace su señor; sólo el amigo conoce la mente de un amigo (Jn. 15:15). No había barreras entre Abraham y Dios, y por esto Dios no podía ocultar lo que iba a hacer. Lot era pariente de Abraham; él pudo haber tenido mucho conocimiento espiritual, pero Dios no habló con él; sólo habló con Abraham. Sería muy extraño si Lot se me acercara y me preguntara: "¿Cómo puedo conocer la voluntad de Dios?" Abraham era apto para conocer la voluntad de Dios, pero Lot no. Sería inútil que Lot supiera cuál era la voluntad de Dios. Lot aún seguiría siendo Lot. ¿Quién es usted? ¿Es usted Abraham o Lot? Muchos prestan atención sólo a los métodos para conocer la voluntad de Dios. Es necesario conocer los métodos, pero debemos ser como Abraham para comprenderlos. Si es alguien como Lot, quien está aprendiendo estos métodos, aunque sean los mejores, de nada servirán, porque es una persona que vive en el mundo. No ha puesto fin a su relación con el mundo ni con la posición que tiene en él. Necesitamos aplicar la luz de Dios para ver si en nosotros hay pecados, sean grandes o pequeños. ¿Hemos cometido alguna injusticia? ¿Le debemos algo a alguien? ¿Hemos sido negligentes en nuestro comportamiento o hemos sido incorrectos en nuestras palabras, gestos o actitudes? ¿Estamos todavía aferrados a algo? Todos estos pecados, grandes y pequeños, afectan nuestra aptitud para conocer la voluntad de Dios.

EL PUNTO DE PARTIDA PARA CONOCER LA VOLUNTAD DE DIOS: UNA CONSAGRACIÓN INCONDICIONAL

En cuanto a conocer la voluntad de Dios, Pablo dijo que no debemos ser insensatos, sino entender cuál es la voluntad del Señor (Ef. 5:17). Hay un punto de partida para conocer la voluntad de Dios, y hay una continuación para la misma. Si no se tiene el comienzo apropiado, no se puede conocer la voluntad de Dios. Pero aun teniendo un buen comienzo, si uno no es la persona apropiada, seguirá sin conocer la voluntad de Dios.¿Alguna vez en su vida se ha consagrado incondicionalmente al Señor? No me refiero a dedicarse a ser un predicador, sino a consagrarse a El para hacer Su voluntad. Usted no necesita preocuparse con respecto a la voluntad de Dios; sólo tiene que consagrarse de manera sincera. Debe comprender que necesita una relación directa con la voluntad de Dios, y ésta no debe ser afectada por los hermanos. Si el Señor quiere que yo vaya al oriente, iré al oriente. No me afectará la opinión de ninguna persona, cosa o circunstancia. Aún así, mis ojos no estarán puestos en el oriente sino en Dios mismo. El peligro que existe entre los obreros de Dios es que pueden convertir la obra en el centro de su atención. No podemos desarrollar ningún apego a la obra, ni a las personas ni a las circunstancias. Debemos relacionarnos directamente con Dios y poner nuestros ojos exclusivamente en El. Los siete espíritus de Apocalipsis son enviados por toda la tierra, pero no tienen relación alguna con la tierra. Estos siete espíritus están delante del trono de Dios (1:4; 5:6) y se relacionan solamente con Dios. Debemos consagrarnos plenamente a Dios por lo menos una vez, para poder ejecutar Su voluntad. Este es el punto de partida en nuestro conocimiento de la voluntad de Dios. Sin este punto de partida, nunca podremos entender la voluntad de Dios como se debe.

LA CONTINUACIÓN EN CONOCER LA VOLUNTAD DE DIOS: ELIMINAR TODOS LOS OBSTÁCULOS

El punto de partida para conocer la voluntad de Dios es una consagración incondicional. Pero si uno desea avanzar en dicha voluntad, debe eliminar todos los obstáculos. Si es obstinado, envidioso, orgulloso o tiene pequeños problemas de índole semejante, está enfermo espiritualmente y no podrá conocer la voluntad de Dios. Si usted desea impedir que su oído escuche algo, no necesita tapárselo con una vara ni un escritorio; basta con un pequeño dedo. El mismo principio se aplica al conocimiento de la voluntad de Dios: un pequeño obstáculo será suficiente para impedirnos conocer Su voluntad.Una vez daba un paseo con la señorita Barber por un jardín. Después de un rato nos cansamos y nos sentamos en unas sillas debajo de un árbol. Ella dijo: "Hay una estrella brillante en el cielo, pero no puedo verla porque una hoja me impide verla. Hermano Nee, si alguien se me acerca y me habla de las muchas maneras de ver la estrella, no podría verla aun cuando los métodos de observación que me sugiriera fueran muy buenos. La razón es que mi posición no es la indicada; estoy parada en el lugar equivocado". Las palabras que me dijo en esa ocasión, todavía están frescas en mi mente. Ella me explicó que una pequeña hoja puede impedir que veamos la luz de una enorme estrella. Muchas veces, cosas muy pequeñas ocultan la voluntad de Dios. Si después de buscar la voluntad de Dios muchas veces, no obtiene una visión clara, la solución no es cambiar de método, sino de persona. Si descubre que no puede conocer la voluntad de Dios, esto indica que algo se interpone entre usted y Dios. Puede ser que ya Dios le haya hablado y que usted no haya estado dispuesto a obedecerlo. Usted debe eliminar estos obstáculos. Una vez que haya puesto fin a estos problemas, conocerá la voluntad de Dios. Para conocer la voluntad de Dios, debemos prestar atención a la persona más que a los métodos.

LA MANERA DE CONOCER LA VOLUNTAD DE DIOS VARIA DE UNA PERSONA A OTRA

Puede ser que un mismo método no se aplique a todas las personas. David se ofreció para pelear contra Goliat, y Saúl le prestó su armadura. Pero como no le ajustó bien ni podía caminar con ella, decidió quitársela (1S. 17:32, 38-39). Una vez, cuando estuve en Shanghai, le di mi abrigo al hermano Luk, y le quedaba demasiado pequeño. No se sentía muy cómodo con el abrigo, pues no le quedaba bien. Sólo podemos ponernos algo que sea de nuestra talla. Dadas las diferentes condiciones del hombre, Dios ha designado diferentes maneras para que éste lo conozca. Algunos le pueden conocer con cierta facilidad, mas para otros es muy difícil. En todo caso, Dios tiene una camino para que el hombre conozca Su voluntad. Por tal motivo, no debemos tratar de aprender ningún método. Lo que tenemos que hacer es consagrarnos al Señor, eliminar los obstáculos y mantener una relación personal con El.

LOS QUE LABORAN PARA DIOS DEBEN CONOCER SU VOLUNTAD

Muchas veces he ofendido a muchos hermanos. Cuando me preguntan por la manera de conocer la voluntad de Dios, siempre les respondo que no me gustan tales preguntas. Qué bendición sería si pudiésemos consagrarnos por completo al Señor para conocer Su voluntad. ¿Qué somos nosotros? Aunque la tierra, el sistema solar y el universo sean tan vastos e inmensurables, ¡nunca se pueden comparar con la voluntad de Dios! i Cuan glorioso es que un pecador, un hombre de polvo, pueda conocer la voluntad de Dios! Una vez que un hombre llega a conocer la voluntad de Dios, viene a ser superior a una simple criatura. Esta es la meta del Nuevo Testamento. Aquellos que no conocen la voluntad de Dios, ni siquiera son aptos para ser llamados cristianos y están desperdiciando las provisiones de Dios. Los que no conocen la voluntad de Dios, no pueden laborar para El. Si un siervo no conoce el deseo de Su amo, ¿cómo puede ser un siervo? Es posible que un incrédulo no tenga conocimiento de la voluntad de Dios, pero es inexcusable que nosotros no conozcamos Su voluntad. Un cristiano debe primero que todo ser un amigo de Cristo: uno que conoce Su voluntad, antes de llegar a ser un esclavo Suyo: uno que le sirve. Necesitamos hacernos la pregunta: "¿Somos amigos del Señor? ¿Hay alguna barrera entre El y nosotros? ¿Conocemos Su voluntad?" Sólo después de que hayamos llegado a ser sus amigos, podremos llegar a ser Sus esclavos y trabajar para El.

miércoles, 13 de mayo de 2009

EDIFICAR A LOS CREYENTES NUEVOS 1


ACERCA DE LAS REUNIONES PARA EDIFICAR A LOS CREYENTES NUEVOS

(Una conversación con los colaboradores sostenida el 12 de julio de 1950)

LA IMPORTANCIA DE EDIFICAR A LOS CREYENTES NUEVOS

Uno

Al inicio de su vida cristiana se le debe enseñar enfáticamente a todo nuevo creyente a no confiar en sí mismo. Supongamos que un hermano es salvo a los cuarenta años de edad. Durante esos cuarenta años, esta persona vivió en el mundo, desperdició sus días en pecado, siguió las costumbres de esta era, y Satanás lo tenía atado. Durante esos cuarenta años de su vida, tal persona vivió conforme a su propia manera de ser y se condujo en conformidad con sus propios conceptos, sentimientos e ideas. Ahora que es salva, esta persona ya no debe tener ninguna confianza en sí misma. Debería, más bien, desconfiar mucho de sí misma.
Los cristianos tenemos ciertas normas, que son los estándares para llevar la vida cristiana, los ideales cristianos y los conceptos cristianos. Quienes desconocen tales normas no conocen lo que significa ser perfeccionados. Ellos, con arrogancia, se jactan de sí mismos y tienden a sentirse satisfechos consigo mismos y a confiar en sí mismos; puesto que desconocen esas normas, confunden lo erróneo con lo correcto y viceversa. Únicamente los que han aprendido las lecciones de la vida cristiana y conocen las normas que ésta supone, podrán decirles a los demás lo que no deben hacer y lo que no deben decir. Solamente ellos podrán distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. La edificación de los nuevos creyentes consiste en enseñarles esas normas de la vida cristiana a fin de que puedan conducirse conforme a ellas.

Dos

Lo primero que un nuevo creyente necesita hacer es anular total y completamente su pasado. ¿Por qué dijo el Señor: "De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, jamás entraréis en el reino de los cielos" (Mt. 18:3)? Esto significa que nuestra pasada manera de vivir era errónea; vivíamos en vanidad, y aquellos días no contaban para nada. Por ello, es necesario que todos nosotros tengamos un nuevo comienzo. La regeneración, de la cual se habla en el capítulo 3 de Juan, nos muestra la necesidad de tener una nueva vida, mientras que volvernos y hacernos como niños, que se menciona en Mateo 18, nos muestra la necesidad de anular nuestra pasada manera de vivir. Así pues, todo cuanto pertenece al pasado deberá ser demolido y desarraigado. El perfeccionamiento de un nuevo creyente consiste en derribar, uno a uno, todo elemento perteneciente a su pasado. Perfeccionar a una persona que ha sido salva a los cuarenta años de edad significa derribar completamente todo lo que ha adquirido durante los previos cuarenta años de su vida. Son muchos los que se arrepienten de sus pecados, mas no de lo que son ellos mismos. Nosotros no estamos tratando de poner vida en lo que está muerto, sino que nosotros hemos pasado de muerte a vida. Así, la edificación de un nuevo creyente consiste en identificar aquello con respecto de lo cual se deben tomar medidas, aquellas cosas que se deben eliminar, y las cosas que necesitan ser añadidas. Todo deberá ser juzgado de acuerdo con las normas bíblicas. Si algo no pasa la prueba de estas normas; es decir, si la manera en la que una persona se conduce sigue basada en sus experiencias pasadas, sus viejos hábitos o sus antiguos conceptos; entonces, tal persona está viviendo en grotesco error. En cuanto alguien cree en el Señor, tiene que abandonar todos y cada uno de sus antiguos conceptos. La regeneración le otorga nueva vida al hombre, mientras que al volverse como un niño, derrumba su vida pasada. En cuanto a la edificación de un nuevo creyente, en el aspecto negativo, ésta consiste en derribar todo cuanto él ha adquirido en el pasado; en el aspecto positivo, consiste en tener un nuevo comienzo, que le permitirá llevar una nueva manera de vivir.
Si un nuevo creyente no elimina y destruye todo cuanto ha adquirido en el pasado, él tendrá muchos obstáculos en su andar cristiano. Las cosas que hizo en el pasado seguirán remordiéndole la conciencia, y todo cuanto reciba de parte del Señor llegará a ser una mera añadidura a lo que él ha adquirido en el pasado. El resultado será una mezcla de la vida del Señor con la vida pasada de esta persona. Probablemente, esta persona todavía se tenga en muy alta estima y hable a los demás acerca de su sinceridad, su paciencia, así como de sus muchos sufrimientos. Quizás esté llena de orgullo y, aun así, se comporte con mucha humildad. Quizás codicie la vanagloria y los tesoros terrenales, sin embargo, piensa que ella está por encima de toda ambición mundana y toda ganancia vil. Muchas hermanas tienen una manera de ser muy peculiar y les resulta muy difícil llevarse bien con los demás. Muchos creyentes que son padres tienen ciertas ideas muy extrañas acerca de sus hijos. Tales cristianos
pueden seguir viviendo de esa manera, sin cambiar, por diez o veinte años; y es precisamente para no seguir este camino que un nuevo creyente debe desconfiar completamente de sí mismo desde el inicio mismo de su vida cristiana. Él debe poner en tela de juicio todo cuanto procede de su pasado; deberá abandonar sus antiguos conceptos, sus viejos hábitos, sus antiguas ideas y, en suma, deshacerse de todo cuanto sea viejo. El nuevo creyente deberá volverse como un niño y comenzar una nueva vida.

Tres

El bautismo implica sepultar todo lo que pertenece al pasado. Supongamos que una persona que tiene cincuenta años de edad es salva y está a punto de ser bautizada. Para tal persona, el bautismo no sólo debe significar que el Señor sepulta su antigua manera de vivir sino que, más específicamente, el Señor quita también todos y cada uno de los cincuenta años de su antigua existencia. Puesto que el pecado ha impregnado todo su ser, dicha persona está enferma en todo aspecto. Por lo tanto, todo tiene que ser sepultado en el agua, para que después resucite de la sepultura. Tal persona, inclusive, tiene que deshacerse de las ropas que vestía mientras estaba en la sepultura. El acto del bautismo debe revestir tal seriedad.

Cuatro

En el momento en que un hombre es salvo, sus conceptos con respecto a los valores que regían su vida deberán sufrir un cambio fundamental, ya que todos sus conceptos pasados en cuanto a los valores que regían su existencia eran erróneos. Así pues, perfeccionar a un nuevo creyente significará hacerle ver los errores y equivocaciones de su antiguo sistema de valores. Tal persona deberá ver algo nuevo, deberá tener una nueva concepción de los valores que rigen su vida. Todo lo que ella valoraba, ahora es considerado como basura. Todo lo que ella consideraba como ganancia, ahora es pérdida. Ya no le será posible desenvolverse con el mismo temperamento, ni utilizar el mismo vocabulario, y tanto sus vestidos como sus alimentos no podrán ser los mismos de antes. Ya no puede aferrarse a su antigua manera de entender su vida matrimonial y sexual; antes bien, deberá adquirir nuevos puntos de vista y nuevos conceptos acerca de la paternidad y la amistad. Ella deberá ser diferente incluso en cuanto a las distracciones o la carrera que elija para sí. Ahora todo es nuevo; por tanto, el nuevo creyente deberá tener un nuevo comienzo.

Cinco

Si lección tras lección entrenamos al nuevo creyente, y él derriba aquello que debe ser derribado y edifica lo que debe ser edificado, él se conformará cada vez más a la norma que corresponde a un cristiano normal.

ALGUNAS COSAS QUE DEBEMOS OBSERVAR DURANTE LAS SESIONES DE ENTRENAMIENTO

A fin de fortalecer las reuniones para edificar a los nuevos creyentes, primero tenemos que entrenar a los hermanos y hermanas para, después, poder encargarles el cuidado de los nuevos. Esperamos que ningún nuevo creyente evite entrar en este proceso. Aquellos que han sido debidamente entrenados para cuidar de los nuevos creyentes deberán prestar especial atención a lo siguiente:
(1) No confíen únicamente en los mensajes que hayan impartido. Animen a losdemás a hacer preguntas. En i Corintios 14:35 se hace referencia a formularpreguntas. Esto denota que las primeras iglesias daban a los santos plenalibertad para hacer preguntas. Una reunión en la que no se permite hacerpreguntas ciertamente resulta excesivamente formal. Quienes dirigen la reunióndeben animar a la audiencia a hacer preguntas y a no quedarse callados si hayalgo que no entendieron.
(2) Al contestar las preguntas, no trate de quedar bien a expensas de la verdad.Si usted sabe la respuesta, dígalo, y si no lo sabe, admítalo.
(3) Todos los que dirigen esta clase de reuniones deberán preguntarse si estánrepresentándose a ellos mismos o a la verdad. Todos ellos deben serrepresentantes de la verdad; ninguno de ellos debe actuar como representantede sus propios sentimientos o de su propia manera de ser; sino que todos debenmanifestar la verdad. Ninguno de ellos debe expresar sus propias opiniones. Porejemplo, con respecto a la práctica de cubrirse la cabeza, es posible que uno delos que dirige la reunión no entienda todos los aspectos de esta verdad; aun así,él no debe decirle a los demás que esta práctica es opcional. Las verdadesdivinas son absolutas, y todos debemos hablar una misma cosa. Si nuestrastrompetas dan un sonido incierto, pelearemos la batalla con incertidumbre.Incluso si alguno está en desacuerdo, aun así, debe expresarse únicamente pormedio de sugerencias constructivas, nunca por medio de críticas negativas.
(4) Todos los que dirigen estas reuniones deberán comprender desde el inicio delas mismas que su papel consiste en ser únicamente un canal por medio del cualla palabra de Dios es divulgada y que no son ni amos ni maestros. Así pues, ellosdeberán asumir una posición inferior: la de uno que conversa con otro hermanode la misma posición. Jamás deben tener la actitud de ser uno que ocupa unaposición superior y que le está enseñando a otro que ocupa una posicióninferior. Nadie puede desempeñar el papel de maestro. Todos deben tomar laposición que le corresponde a un mensajero.


ASPECTOS PRÁCTICOS QUE SE DEBEN TENER EN CONSIDERACIÓN

Puesto que edificar a los nuevos creyentes es en sí un adiestramiento básico, es de esperar que todas las iglesias locales tengan esta clase de reuniones, es decir, reuniones para edificar a los nuevos creyentes. Permítanme ahora presentarles algunos aspectos prácticos que hay que tener en consideración.

Quién puede ser considerado como nuevo creyente

Apenas un pecador crea en el Señor y sea bautizado, es un nuevo creyente. A partir de la semana en que ha sido bautizado, deberá participar de la reunión para los nuevos creyentes. Después de un año, habrá escuchado la mayor parte de lo que necesita escuchar y habrá aprendido la mayoría de cosas que debe aprender. Sólo entonces podemos afirmar que este creyente ha recibido el adiestramiento básico. Y de allí en adelante podemos esperar que tal persona sea edificada de una manera más avanzada y profunda.
Tan pronto un pecador crea en el Señor él debe asistir a la reunión para nuevos creyentes independientemente de cuan avanzada sea su edad, de cuánta educación haya recibido, de cuan alta sea la posición que ocupe en la sociedad o de cuánta experiencia haya acumulado en el mundo. Si su pasado no es derribado, le será difícil vivir apropiadamente la vida cristiana. Por tanto, cuando alguien haya creído en el Señor y haya sido bautizado, sin importar quién sea, tenemos que tratarlo como un nuevo creyente e invitarle a participar de las reuniones para nuevos creyentes.
Aquellos que nunca han recibido esta clase de adiestramiento básico, aun cuando hayan sido creyentes por muchos años, también pueden participar de las reuniones para nuevos creyentes si así lo desean. Estas reuniones tienen como propósito derribar lo viejo y edificar lo nuevo. No se trata de cuántos años una persona haya sido un creyente, sino cuanto de su pasado ha sido derribado desde que se convirtió. Conozco un hermano que, en toda su vida, nunca ha confesado sus pecados a nadie y, sin embargo, ¡ahora él es un hermano a quien se le ha encargado ciertas responsabilidades! No importa por cuántos años él haya sido un cristiano; en lo que a su experiencia espiritual concierne, necesita un nuevo comienzo y debe asistir a las reuniones para nuevos creyentes.

Los días en los que debemos celebrar las reuniones para nuevos creyentes

Al hacer los preparativos que demandan esta clase de reuniones, todas las iglesias deberían esforzarse al máximo en dedicar ya sea el miércoles o el jueves. Ya sea que se involucre a muchos o apenas a unos cuantos, a toda la congregación o a un solo pequeño grupo, dicha reunión debería celebrarse en un miércoles o jueves de cada semana. Siempre que un nuevo creyente vaya a otra localidad en la que hay una iglesia, a él le debería ser posible participar de inmediato en esta clase de reuniones y no perderse ninguna lección.

Reuniones de entrenamiento Entrenamientos periódicos intensivos

Estos entrenamientos de corto plazo deben ser conducidos por un hermano (tal vez uno de los colaboradores). Para ello él debe reunir a los hermanos de un distrito o una región que tengan la capacidad de ministrar la palabra. Todos estos entrenamientos breves deberán abarcar de diez a veinte lecciones. Después de celebrar dos o tres entrenamientos como estos, se habrán cubierto todas las materias. Así, cuando los hermanos retornen a sus respectivas localidades, ellos podrán asumir la responsabilidad de enseñar en las reuniones para nuevos creyentes de su localidad.

Entrenamientos semanales por localidad

En una ciudad como Shanghai hay muchos nuevos creyentes. Si los dividimos en varios grupos de doce, necesitaríamos más de cien hermanos responsables a fin de entrenarlos a ellos primero. Para resolver este problema, podríamos pedirle a un hermano que se encargue de reunir, una vez por semana, a los hermanos que dirigen las reuniones para nuevos creyentes a fin de adiestrarlos. Por un lado, ellos podrían conversar acerca de los problemas que enfrentaron durante la semana así como los errores que cometieron; por otro, podrían estudiar los temas que deben tratar la siguiente semana. El mejor día para hacer esto es el viernes. Si el viernes no es el día más indicado, debería realizarse a más tardar el lunes. Esto les daría a tales hermanos un mínimo de tres a siete días para preparar sus lecciones y para concentrarse en los temas principales de los mensajes correspondientes.

Los libros de lecciones y los cuadernos

Si durante las sesiones de adiestramiento, un nuevo alumno no tiene el libro que se está estudiando, tendrá que tomar notas, pero si tiene el libro, debe leer la lección cuidadosamente. Si se encuentra con algo que no comprende, él debe hacer la pregunta correspondiente, y todos los demás juntos deberán examinarla. Ellos deben preguntarse cuál es el tema central de la lección, cuántas secciones tiene y cuáles son los principales asuntos que se tratan en cada sección, así como cuáles son las palabras cruciales y las enseñanzas más importantes de cada sección. Deben identificar cuáles son las cosas que deben ser eliminadas y cuáles las que deben ser edificadas. Ellos deben estudiar la lección sección por sección y hacer preguntas mientras escuchan la exposición de la misma. Después, el jueves siguiente deberán ir a sus respectivas clases y conducir sus propias reuniones.

Alcanzar los objetivos propuestos

Al impartir una lección, la meta principal no consiste en ayudar a los nuevos creyentes a comprender más doctrinas sino en formarlos. Debemos prestar especial atención a las áreas respecto de las cuales ellos requieren ser "tallados", o sea, que ellos deben saber qué es lo que debe ser derribado y qué es lo que debe ser añadido en ellos. Estas lecciones deben servir como herramientas para la edificación de los creyentes y deben contribuir a hacer de ellas personas nuevas. Por supuesto, a fin de lograr el objetivo deseado, los hermanos encargados de dirigir tales reuniones deberán tener las experiencias de ciertas áreas respecto de las cuales ellos mismos están hablando. De otro modo, no podrán hablar con autenticidad, y lo que digan solamente serán palabras vanas que no tienen ningún impacto. Todos los encargados de dirigir una reunión para nuevos creyentes, deberán considerar detenidamente este asunto.

Dividir a los creyentes asignándoles a distintas clases

Si en una iglesia no hay muchos creyentes nuevos, o si no hay suficientes hermanos para dar los mensajes, no habrá necesidad de dividir a los nuevos creyentes asignándoles a distintas clases. En tales casos, deberá ser una sola persona la que asuma la responsabilidad de enseñar estas lecciones y de conducir la subsiguiente sesión de preguntas y respuestas una semana tras otra. Pero si en una iglesia son muchos los nuevos creyentes, habrá que dividirlos en clases más reducidas y adiestrarlos por separado. Las clases podrían ser conformadas por orden geográfico o nivel intelectual y tomando en cuenta las necesidades de orden práctico que puedan existir en una determinada localidad. Si hay un número adecuado de hermanos responsables, las clases podrían variar desde algunos grupos muy pequeños hasta grupos de doce o más. Al dividirlos en las clases, debemos tener en cuenta los siguientes puntos:

Prestar atención a los estudiantes

Supongamos que una determinada clase tiene en común un nivel de educación superior; entonces se deberá asignar a los hermanos más preparados para enseñar a dicha clase de estudiantes. Si otra clase está conformada por personas de un nivel de educación inferior, los encargados de dicha clase deberán ser los que tienen mas experiencia en enseñar las verdades bíblicas de una manera simple. Una vez que tengamos a los maestros apropiados con los estudiantes apropiados, a los hermanos encargados no les será muy difícil enseñar y la audiencia será edificada.

Si no se usa el libro de lecciones

En algunos lugares, únicamente los que dirigen las reuniones poseen un libro de lecciones. En este caso, todos los que están en la audiencia deberán llevar consigo un cuaderno para anotar los puntos más importantes presentados así como el tema central de cada sección. En algunas clases, los nuevos creyentes tal vez sean analfabetos o casi analfabetos. En tales circunstancias, no hay necesidad de distribuir los libros. Más bien, los encargados de dirigir la reunión deberán escoger por lo menos uno de los versículos más cruciales y leérselo a la audiencia una y otra vez. Deberán pedir a la audiencia que repita el versículo después de ellos. Entonces, deberán explicarles los puntos más importantes de la lección. Finalmente, deberán preguntar a los asistentes si entendieron la lección y darles la oportunidad de hacer preguntas.

Si se utiliza el libro de lecciones

En aquellos lugares en los que se usa el libro de lecciones, a todos los asistentes se les deberá dar un ejemplar de dicho libro durante la reunión. Quien dirige la reunión deberá ayudar a los nuevos creyentes a leer al unísono la lección o a leerla por turnos parte por parte. Después, deberá hacerles preguntas a medida que avanza en su lección, y los oyentes también deben sentirse libres de hacer preguntas mientras lo escuchan. A veces, se les puede pedir a los oyentes que digan algo, pero su participación deberá ser breve. Esto hará que la reunión se torne más animada. Esfuércense al máximo por evitar dar discursos o sermones. Los que pueden tomar notas deberán preparar un cuaderno en el cual anoten los puntos más importantes que se hayan abordado durante la lección.

El tiempo

Todas las reuniones deben durar un máximo de una hora y media. La reunión no debe extenderse más.

Algunas cosas que debemos observar al hablar, al preguntar y al responder

Al hablar

Nuestras voces deben ser lo suficientemente audibles como para que todos nos oigan. No se desvíen del tema central, y los ejemplos y las historias usados deben concordar con el mismo. Lo mejor es hacer referencia a los puntos principales con claridad y en conformidad con el texto de la lección. No aprovechen la ocasión para hablar sobre lo que les gustaría hablar. No se vayan por las ramas. No den sermones, sino mezcle su hablar con preguntas.

Al preguntar

Las preguntas deben guardar relación con el tema de la lección y ceñirse a ello. No entren en temas que no vengan al caso. Por ejemplo, al hablar de "La salvación por medio de la fe y el bautismo", como parte de la lección acerca del bautismo, deberíamos hacer únicamente preguntas relacionadas a este aspecto de la salvación. No salten de este aspecto de la salvación a hablar, por ejemplo, de la salvación de nuestra alma y, de allí, a hablar sobre el reino y la diferencia entre participar del reino e ir al cielo. Si abarcamos un espectro muy amplio y las preguntas se apartan demasiado del tema, perderemos de vista el tema inicial y nuestro estudio al respecto será estéril.

Al responder

Las respuestas tienen que ser muy claras. Si las preguntas se alejan mucho del tema, podemos responder diciendo que nuestra prioridad es estudiar la lección misma y que podemos reservar las otras preguntas para una ocasión posterior. Por ejemplo, si alguno hace preguntas acerca de la salvación por medio de la gracia o sobre la salvación del alma cuando la lección que estamos impartiendo se refiere al bautismo, basta con responder simplemente que la salvación tiene diversos aspectos y que, para esta lección en particular, sólo nos interesa el significado general de la salvación.

Debemos verificar si la lección ha sido puesta en práctica o no

No teman repetir el mensaje. Es posible que un hombre escuche un mensaje este año y que el próximo año no lo recuerde, y si ustedes le preguntan al respecto en el tercer año, quizás todavía no haya puesto en práctica dicha lección. Nuestro propósito no es simplemente dar mensajes a los nuevos creyentes; sino, además, verificar con ellos si están poniendo en práctica lo que han escuchado. No debemos hablarles respecto de algo para que luego se olviden de ello. Por eso, debemos preguntarles si están poniendo en práctica lo que han oído o no. Por ejemplo, tal vez hayamos hablado acerca de madrugar; entonces, tenemos que verificar con ellos si están madrugando. Si les hemos hablado sobre la lectura de la Biblia, tenemos que verificar con ellos si están leyendo la Biblia o no. Si les hemos hablado acerca de la oración, tenemos que verificar con ellos si oran o no. Constantemente tenemos que exhortarles a que pongan en práctica lo aprendido, y verificar con ellos si así lo vienen haciendo hasta que concienzudamente, ellos comiencen a ponerlo en práctica y tomar las medidas correspondientes.

Clases de recuperación

Los que dirigen las reuniones tienen que determinar cuánto tiempo deberán dedicar a una determinada lección y por cuánto tiempo deberán detenerse en ella. Sin embargo, esperamos que las diferencias en cuanto al ritmo que lleva una u otra lección no sean muy grandes. Si algunos no han entendido algo o están muy atrasados, debemos organizar lecciones para que ellos se pongan al día. Estas lecciones de recuperación deben ser conducidas con la mayor seriedad, y debemos repasar minuciosamente aquellos temas que no supimos cubrir debidamente. Si no hacemos esto seriamente, no tendremos nada que impartir a los demás.

NECESITAMOS TENER UN ESPÍRITU FRESCO

Debemos impartir estas lecciones un año tras otro; ellas deben ser impartidas continuamente. Por tanto, los expositores tienen que aprender a mantenerse frescos en su espíritu. Las verdades serán las mismas aun después de diez años, pero el espíritu no puede permanecer igual. Si los que dirigen la reunión han aprendido a ejercitar su espíritu, y si poseen un espíritu fresco, podrán repetir una misma lección una y otra vez durante diez o veinte años. Si los demás han de ser afectados por nuestras palabras, es necesario que tales palabras, primero hayan afectado a nuestro espíritu. Debemos tener una percepción fresca en nuestro espíritu. Si nuestro espíritu se ha hecho viejo y solamente transmite enseñanzas, los demás recibirán ayuda únicamente en cuanto a la doctrina. Así, la doctrina llegará a convertirse en algo parecido a una oración del libro La oración común, que la gente repite durante algunos servicios cristianos semana tras semana. Pero si la Palabra ha sido tocada por nuestro espíritu, el hecho de repetir las mismas lecciones no representará problema alguno.

NECESITAMOS LA BENDICIÓN DEL SEÑOR

La vida cristiana es una vida que depende de la bendición del Señor. Si la bendición del Señor reposa sobre nosotros, aunque no le demos al blanco no erraremos por mucho, aun cuando los arreglos prácticos no hayan sido los más apropiados. Pero si la bendición del Señor no reposa sobre nosotros, no obtendremos buenos resultados, aun si todos los preparativos estuvieran perfectos. En algunos casos, el Señor persiste en darnos Su bendición aun cuando las circunstancias no son las ideales. En otros casos, es posible que la bendición del Señor esté ausente debido a un pequeño error. Un cristiano no debe procurar obtener que todo esté correcto externamente; sino, más bien, siempre debe estar buscando el camino de la bendición divina.
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